PEQUEÑOS CONSUELOS

“Id a la aldea de enfrente, y al entrar en ella hallaréis un pollino atado, en el cual ningún hombre ha montado jamás; desatadlo, y traedlo. Y si alguien os preguntare: ¿Por qué lo desatáis?, le responderéis así: Porque el Señor lo necesita… Y lo trajeron a Jesús; y habiendo echado sus mantos sobre el pollino, subieron a Jesús encima” (Lucas 19:30-35).

Lectura: Lucas 19:28-35.

Aquel día que Jesús entró en Jerusalén, la multitud le aclamaba como el rey de Israel y tendían sus mantos en el suelo para prepararle el camino, pero Jesús lloraba, porque él sabía lo que estaba en el corazón del hombre. Dentro de pocos días, la cuidad clamaría en su contra y sus discípulos le abandonarían. El único que le reconocía y que se había sometido a la autoridad de su Creador y Señor era el pollino. Se había dejado domar por él, y eso muy en contra de su naturaleza. Normalmente un animal que nunca ha sido montado no se deja montar, sino que salta y da coces, pero no este. El Señor habría pensado: Por lo menos, este sabe quién soy. “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor, Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento” (Is. 1:3).

Aquella semana trágica, había otro grupo que alegraron el corazón del Señor, y eran los niños. Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! Se indignaron, y le dijeron: ¿Oyes lo que estos dicen? Y Jesús le dijo: Sí; ¿Nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza? (Mateo 21:15, 16). Asnos y niños. Estos estaban con Jesús, y le reconfortaron. Sabían que era el Creador y el Rey de Israel. El corazón de Jesús se habría alegrado con ellos.

Y también, muchas veces, el Señor consuela nuestros corazones por medio de la naturaleza y los niños. Son medios preciosos a través de los cuales nos llega el amor de Dios.

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