JESUS MUERE CON NOSOTROS

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Lectura. Gatas dos 20.

Hay un punto importantísimo que las iglesias normalmente no entienden que es esencial para la comprensión del evangelio y es el siguiente: hemos muerto con Cristo. Esto es lo que dice Gálatas 2:20. Normalmente pensamos que Cristo está muriendo en la cruz y ahí estamos nosotros como espectadores, viendo como padece por amor a nosotros para el perdón de nuestros pecados. Luego pensamos que Pablo ha dicho que ha muerto con Cristo y que este pasaje es optativo para creyentes maduros que lo desean, pero que el creyente mediano normalmente no pasa a este nivel de espiritualidad. Este solo cree que Cristo murió por él y que él ya está libre de pecado, y nada más.

La invitación más hermosa que hemos escuchado en toda nuestra vida es la de Jesús que dice que tenemos que morir al pecado: Yo he venido para morir por vuestros pecados y os cuesta morir al pecado, pero ven, yo moriré con vosotros para facilitarlo, porque es muy difícil para vosotros sucumbir a la muerte y yo os acompañaré. Jesús nos abre sus brazos y dice: Ven a mí, acude a mis brazos, te recibo en un abrazo mortal para morir ambos juntos en la cruz. Ven a mi abrazo de amor y moriré contigo y por ti y por amor a vosotros, derramando amor sobre ti. No tienes que ir solo a la cruz. Yo te acompaño. He venido del cielo para morir por vosotros y vosotros tenéis que morir al pecado y vamos a morir juntos vosotros y yo. Yo extiendo mis brazos, os recibo en un abrazo de amor hasta la muerte y moriremos juntos al pecado. Luego resucitaréis conmigo y así os doy la victoria. Por eso vino Jesús a la tierra para morir con nosotros y para morir por nosotros, pero no para evitar nuestra muerte, sino para facilitarla, para que nosotros podamos hacer esa cosa tan desagradable con su ayuda y envueltos en su amor.

Ese es el evangelio. Es verdad que Cristo murió en mi lugar, es verdad que Cristo murió por nosotros, pero la verdad suprema es que Cristo murió con nosotros, porque hemos muerto con él al pecado en la cruz del Calvario. Él murió por nuestros pecados, mientras que nosotros estábamos muriendo a nuestro pecado. Su sangre consiguió el perdón de nuestro pecado y su muerte consiguió nuestra liberación del poder del pecado. Nuestra identificación y participación en su muerte es lo que nos libra del poder del pecado. Es imprescindible que muramos con él. No somos espectadores de su muerte, sino participantes en su muerte. Hemos de morir. Y él nos acompaña en nuestra muerte. Él no tenía ninguna necesidad de morir. Nosotros sí. Y para facilitarlo él abre sus brazos y nos recibe en ellos y nos acompaña a la muerte, él para cumplir su finalidad, y nosotros para cumplir la nuestra. Este es el gesto más hermoso de amor que jamás se ha realizado en este planeta y en todo el tiempo y la eternidad.

Alabado sea el bendito y amoroso nombre de Dios.

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