“Entonces Simón Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hirió al siervo del sumo sacerdote, y le cortó la oreja derecha” (Juan 18:10).
Lectura: Juan 18:1-11.
Pedro era de armas tomar antes de ser transformado por la gracia de Dios.
Últimamente, el Señor ha puesto en mi camino a varias personas de carácter muy fuerte. La última fue una niña de unos tres años en el avión con sus padres en el asiento opuesto. Todo lo vivía con intensidad. Si estaba alegre, reía a carcajadas: cuando el avión aterrizó pegando botes, se partió de la risa, pero cuando las cosas no salían como ella quería, hubo guerra, grito, pataleo y llanto. Nació así. Los padres tenían otro hijo que era muy tranquilo. Ninguno de los dos tiene más mérito que el otro. Ambas disposiciones son de la carne. Las dos se tienen que entregar al Señor para ser santificadas. Cuando la mayor alborotaba, los padres estaban encima para corregirla. Estaban al tanto y desempeñaban su labor agotadora con eficacia y paciencia.
Hace poco vi a otra niña así de temprana edad, pero los padres no estaban por la labor. La madre reaccionaba histéricamente: ¿quién puede con esta niña? Y no la corregía. En el día de mañana van a cosechar el resultado. Unos niños son más fáciles de criar y otros más difíciles. No tiene tanto mérito educar a un niño complaciente como a uno que por naturaleza tiene que salirse con la suya. Así que no juzguemos a los padres como si todos tuviesen la misma labor. A algunos niños les cuesta mucho aprender a obedecer y para sus padres no les resulta fácil. Que estos mismos, cuando lleguen a la edad de poder comprenderlo, confiesen el pecado que nació con ellos, que lo claven a la Cruz hasta que muera lentamente (¡ese genio tan fuerte!), para que Dios pueda usar para su gloria esos dones de liderazgo que tienen.
“¿Puede decir Dios de nosotros: Aquella alma está aprendiendo, línea sobre línea, precepto sobre precepto; ya no es tan petulante (mal criada, tozuda y egoísta) y estúpida como antes, ya no se aparta para conmiserarse en solitud cuando no se sale con la suya, ya no se queja contra la disciplina; está llegando poco a poco al lugar donde podré hacer con ella lo que hice con mi propio Hijo?” (Oswald Chambers).
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