LOS HIJOS DE LA SABIDURIA[1]

“La sabiduría queda justificada por sus hijos” (Mateo 11:19).

Lectura: Mat. 11:16-19.

La frase sobre la que estuve meditando hoy fue: «La sabiduría queda justificada por sus hijos». Jesús está reprendiendo a las personas por su obstinada negativa a responder a la revelación de Dios. Ese es el mensaje principal del pasaje. Para ilustrarlo, utiliza el ejemplo de unos niños en la plaza que se quejan de que los demás no quieren participar en sus juegos. Ya sea una danza de celebración o un canto de lamento, nada les parece bien. Simplemente se niegan a unirse. Jesús compara esa actitud con la de quienes rechazaron tanto a Juan el Bautista como a Él mismo. Eran personas imposibles de complacer. Juan apareció con un ministerio austero y exigente. Vivía en el desierto, llevaba una vida de renuncia y predicaba el arrepentimiento. Sin embargo, la gente decía: «Tiene un demonio». Jesús, en cambio, comía y bebía con la gente común. Asistía a banquetes, mostraba compasión hacia los pecadores y pasaba tiempo con publicanos y marginados. Entonces dijeron de Él que era «un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores».

El problema no era Juan ni tampoco Jesús. No estaba en sus personalidades ni en su manera de ejercer el ministerio. El problema estaba en el corazón de quienes los escuchaban. La incredulidad siempre encuentra excusas. Las críticas dirigidas a Juan y a Jesús eran completamente opuestas, lo que demuestra que aquellas objeciones no eran sinceras. Quien no quiere creer siempre acabará encontrando un motivo para rechazar lo que Dios le ofrece. Lo mismo ocurre hoy. Si una persona no quiere responder a Dios, encontrará razones para rechazar el evangelio. Unos dicen que el cristianismo es demasiado restrictivo; otros, que es demasiado permisivo. Algunos afirman que es demasiado intelectual; otros, que no lo es lo suficiente. Pero el verdadero problema rara vez está en esas cuestiones. En el fondo, se trata de una falta de disposición para someterse a Dios.

Esto nos lleva de nuevo a la frase que llamó mi atención: «La sabiduría queda justificada por sus hijos». La sabiduría de Dios queda demostrada por sus resultados. La verdad se confirma por el fruto que produce. El ministerio de Juan preparó los corazones para la llegada del Mesías. Jesús transformó vidas, perdonó pecados y llevó a cabo la salvación mediante su muerte y su resurrección. El plan de Dios quedó vindicado por lo que produjo. Su sabiduría fue demostrada por sus frutos. Eso también nos desafía a nosotros. No debemos juzgar a los siervos de Dios por las apariencias. Tanto Juan como Jesús fueron rechazados porque no encajaban en las expectativas de la gente. Hoy seguimos haciendo lo mismo. A veces rechazamos el mensaje de una persona porque no nos gusta su aspecto, su forma de vestir, de hablar o de comportarse, o incluso por su nivel de estudios —o por la falta de ellos—. Sin embargo, los creyentes somos muy diferentes unos de otros en personalidad, estilo y métodos, y aun así Dios puede usarnos eficazmente para cumplir sus propósitos. En última instancia, es la condición del corazón la que determina cómo respondemos a la verdad. Las personas de la época de Jesús presenciaron milagros extraordinarios y escucharon una predicación incomparable, pero aun así muchos se negaron a creer. Las evidencias, por sí solas, no producen fe. La fe requiere un corazón humilde y dispuesto a recibir la verdad.

La gran tragedia de la generación de Jesús no fue la falta de pruebas, sino su negativa a responder a ellas. Dios envió el firme llamado al arrepentimiento por medio de Juan y la invitación llena de gracia por medio de Jesús, pero muchos rechazaron a ambos. El problema nunca fue el mensajero ni el método. El problema fue la dureza del corazón.
Esa sigue siendo la advertencia para todas las generaciones. La verdad de Dios llega a nosotros a través de personas con personalidades y enfoques muy distintos, pero cada uno es responsable de responder con fe y obediencia. En lugar de buscar razones para rechazar el evangelio, debemos arrepentirnos y recibir lo que Dios quiere decirnos. Creo que ese es el mensaje central del pasaje de hoy.

Señor, ayúdame a recibir tu mensaje en toda su plenitud. Líbrame de ser crítica con otros predicadores o creyentes por su apariencia, por su forma de expresarse o incluso por sus errores gramaticales. Cuando el corazón de una persona sea sincero, no permitas que me distraigan las cosas externas. Dame un corazón abierto y enseñable, dispuesto a escuchar siempre que Tú quieras hablarme. En el nombre de Jesús. Amén.


[1] Escrito por mi hermana Geraldine Jenny. 

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