LA MANSEDUMBRE

«Mas el fruto del Espíritu es… mansedumbre» (Gálatas 5:22, 23).

«Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» (Números 12:3).

«Aprended de mí, que soy manso» (Mateo 11:29).

«He aquí, tu rey viene a ti, manso, y sentado sobre una asna» (Mateo 21:5).

Lectura: Mateo 11:25-30.

Si estamos llenos del Espíritu Santo como regla general (no solamente en raras ocasiones), una de las palabras que pueden describirnos es mansedumbre. ¿Qué significa ser manso? ¿Significa que no mataríamos ni a una mosca, que nunca hemos roto un plato? ¿Significa que dejamos que los demás nos controlen, que no tenemos personalidad? No. No puede significar esto porque el Señor Jesús, siendo el ejemplo supremo de la mansedumbre, entró en el templo y volcó las mesas, esparció las monedas de los cambistas, y echó fuera del templo a todos (Juan 2:15), un acto de justicia y autoridad, llevado a cabo con toda templanza, o sea, con ira controlada.

La mansedumbre no está reñida con la justicia, ni con la fuerza de carácter, ni con el liderazgo. Al contrario, el líder cristiano tiene que combinar la fuerza del carácter con la mansedumbre; o sea, ser fuerte, pero apacible; o, si no, aplasta y domina a los que lidera.

El apóstol Pedro, que empezó su carrera como un líder carnal, dominado por su sentido de justicia, fue transformado por la gracia de Dios en un líder manso. Él mismo nos escribe: «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente, … no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cargo, sino como ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:2, 3). El buen pastor no arrasa, ni aplasta, ni golpea, ni domina sobre su rebaño, sino que pone su vida en manso amor por sus ovejas. «Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, recibirá la corona incorruptible de gloria (1 Pedro 5:4).

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