Toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto (Romanos 8:22).
Lectura. Rom. 8:20-23.
Pues, la fastidiamos, ¿no?
Fuimos colocados en un jardín hermoso donde no existían la muerte ni el sufrimiento, donde el león descansaba junto a la oveja. Se nos encomendó una tarea: someter la tierra, hacerla prosperar, cultivarla, cuidarla y hacerla aún más hermosa de lo que ya era. Entonces el trabajo era fácil. Hacía bien al alma. Era reparador. Podíamos dedicar nuestro tiempo a cultivar el mundo que nos rodeaba y a crear un entorno aún mejor, en el que tanto nosotros como la naturaleza pudiéramos florecer. Casi puedo percibir la alegría de la naturaleza y cómo prosperaba en aquel jardín.
No había muerte. No nos comíamos a los animales, y ellos no nos comían a nosotros. No había sufrimiento. Me imagino que vivíamos en comunión con la naturaleza, y aquello era bueno.
Entonces el pecado entró en el mundo, y nuestra relación con la naturaleza se rompió. Lo que antes había existido en armonía quedó fracturado, se volvió hostil y cayó en el desorden. La creación quedó sometida a la corrupción y arrastrada a la esclavitud por culpa nuestra, y sufre los efectos de esa esclavitud. Gime bajo su peso. La tierra gime. Los océanos gimen. Los animales gimen. Toda la creación gime bajo las consecuencias de lo que hemos hecho.
Se nos había encomendado la tarea de administrar la creación, cuidándola con ternura, pero convertimos una mayordomía tierna y amorosa en un abuso tiránico. Sustituimos el cuidado por la dominación, y el cultivo por la destrucción sistemática. Queríamos más y más, cada vez más hambrientos de dominar, consumir y explotar.
A Dios no le agrada ver cómo se maltrata su creación. No le agrada la destrucción sistemática de las selvas tropicales. No le agradan las petroleras. No le agrada que ecosistemas enteros sean destruidos por nuestra monstruosa avaricia y por nuestra búsqueda de energía, riqueza y poder, especialmente cuando tenemos al alcance de la mano los conocimientos y la capacidad necesarios para utilizar energías renovables.
Tenemos los medios. Tenemos la tecnología. Sabemos perfectamente lo que hacemos. Y seguimos fastidiándolo todo.
Me enfurece pensar en la destrucción que hemos causado en hábitats enteros. Pero lo que más me indigna es que utilicemos las Escrituras para justificarla. Decimos que las Escrituras nos ordenan a someter la tierra, como si someterla equivaliera a maltratarla, explotarla y destruirla. …/…
[1] Escrito por Becky Cretney
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