JESÚS ASCENDIÓ AL TRONO CELESTIAL[1] (2)

“Dios el Señor ha ascendido entre gritos de alegría y toques de trompeta” (Salmo 47:5, NVI).

Lectura: Daniel 7:13, 14.

Continuamos con la meditación de ayer. Jesús ascendió:

Entonces el cielo contempló con plenitud lo que la tierra apenas comenzaba a entender. El que ascendía desde el monte de los Olivos era el Rey de toda la tierra. Era el momento anunciado por el salmista: Dios subía entre aclamaciones, el Señor al sonido de trompeta. El cielo no permanecía en silencio. Resonaban los gritos de júbilo, sonaban las trompetas, se elevaban cánticos de alabanza al Rey y el llamado del salmista parecía cobrar vida: «Pueblos todos, batid las manos; aclamad a Dios con voz de júbilo». Todo el cielo celebraba porque el Altísimo, temible y grande, el gran Rey sobre toda la tierra, era públicamente exaltado. Una y otra vez se oía el mismo clamor: «Cantad a Dios, cantad; cantad a nuestro Rey, cantad», porque Dios es Rey de toda la tierra y reina sobre las naciones desde su santo trono. Era la celebración de una victoria definitiva, la alegría del cielo al contemplar al Hijo ocupar el lugar que le correspondía desde la eternidad, ahora como el Mesías victorioso que había consumado la redención.

Mientras el cielo estallaba en alabanza porque el Hijo del Hombre recibía el reino eterno, en la tierra la bendición que había quedado sobre los discípulos comenzaba a producir el mismo fruto. Ellos no descendieron del monte con el corazón roto ni con el sentimiento de haber perdido a su Maestro. Comprendieron que no lo habían perdido; lo habían visto entrar en su gloria. Por eso volvieron a Jerusalén con gran gozo, y permanecían continuamente en el templo adorando y bendiciendo a Dios. Si el cielo resonaba con trompetas, aclamaciones y cantos al Rey, la tierra respondía con la adoración perseverante de aquellos que habían sido testigos de su ascensión. La alegría que llenaba sus corazones era el eco en la tierra de la celebración que resonaba en el cielo.

Así, la ascensión no fue una escena de ausencia, sino de entronización. Mientras los discípulos adoraban en el templo, el Hijo era presentado delante del Anciano de días. Mientras ellos bendecían a Dios con gozo, el cielo proclamaba con palmas, voces de júbilo, trompetas y cánticos que el Rey había ascendido. La adoración de la tierra y el júbilo del cielo se unían en una sola celebración, porque el Crucificado había sido exaltado, el Hijo del Hombre había recibido el dominio eterno, y el Señor reinaba ya sobre todas las naciones. Desde aquel día, la bendición que salió de sus manos levantadas nunca dejó de descansar sobre su pueblo, porque Aquel que ascendió sigue siendo el Rey cuya gloria no tendrá fin y cuyo reino jamás será destruido.


[1] Escrito por Becky Cretney

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