“Dios el Señor ha ascendido entre gritos de alegría y toques de trompeta” (Salmo 47:5, NVI).
Lectura: Daniel 7:13, 14.
“En esta visión nocturna, vi que alguien con aspecto humano venía entre las nubes del cielo. Se acercó al venerable Anciano y fue llevado a su presencia, y se le dio autoridad, poder y majestad. ¡Todos los pueblos, naciones y lenguas lo adoraron! ¡Su dominio es un dominio eterno, que no pasará, y su reino jamás será destruido! (Daniel 7:13, 14). Esta profecía de Daniel es otra visión de lo que sucedió en el trono celestial cuando Jesús ascendió al cielo. ¡¡¡No fue un momento silencioso, fue un momento de gran júbilo!!! Lucas 24:50-51 relata la ascensión desde el punto de vista de los discípulos, en la tierra, mientras Daniel 7:13, 14, y Salmo 47:5 lo contemplan desde el punto de vista de los que estaban recibiéndolo en el cielo.
Jesús llevó a sus discípulos fuera de Jerusalén, hasta cerca de Betania. Allí, delante de los suyos, alzó sus manos y los bendijo. No era el gesto de quien se despide para siempre, sino el de un Rey vencedor y tierno Pastor que deja a los suyos bajo la plenitud de su bendición. Y mientras sus manos permanecían levantadas sobre ellos y sus palabras seguían resonando en sus corazones, fue separado de ellos y llevado arriba al cielo.
En la tierra quedaron los discípulos contemplando por última vez la figura visible de su Maestro. Sus ojos lo siguieron mientras ascendía, aferrándose a aquella imagen bendita de las manos extendidas sobre ellos. Lo miraron hasta que ya no pudieron distinguir su figura, sintiendo todavía en lo más profundo de su corazón el peso de aquella bendición. Sin embargo, lejos de quedar dominados por la tristeza, una alegría profunda e inexplicable comenzó a llenar sus almas. Para cualquier observador hubiera podido parecer una despedida, pero ellos empezaban a comprender que era el comienzo de una gloria mucho mayor. Mientras la tierra veía desaparecer al Señor de su vista, el cielo contemplaba la entrada triunfal del Rey.
Aquel mismo Jesús que había recorrido los caminos de Galilea, que había servido con humildad, padecido el rechazo de los hombres y vencido a la muerte, apareció ahora con las nubes del cielo como el Hijo del Hombre anunciado por Daniel. Fue presentado delante del Anciano de días, y allí recibió dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran. El reino que ahora recibía no sería jamás destruido; su dominio no pasaría, sino que permanecería para siempre.
[1] Escrito por Becky Cretney
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