EL MOLDE DE LA GRACIA Y LA JUSTICIA [1]

«… siervos de la justicia … aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados». Romanos 6:17-18.

Lectura: Romanos 6:17-18

Mientras reflexionaba sobre este pasaje, hubo dos expresiones que llamaron especialmente mi atención: Empecé a preguntarme qué quería decir Pablo con esa “forma de doctrina”. Investigando un poco, descubrí que la palabra traducida como “forma” hace referencia a un molde, como un molde para hornear o el molde en el que se vierte el oro fundido para darle una determinada forma. Esa imagen me impactó profundamente. La enseñanza del evangelio no es simplemente información que llena nuestra mente; es un molde que da forma a nuestra vida.

Pero si cada cristiano es diferente, ¿cuál es la forma común que ese molde produce en todos nosotros? Creo que tiene dos características inseparables. La primera es ser siervos de la justicia: un deseo profundo y constante de hacer lo que es correcto. Si realmente estamos permitiendo que la verdad de Dios nos moldee, cada vez desearemos más agradarle y vivir de una manera que lo honre. La segunda es la gracia. Cuanto más comprendemos cuánto se nos ha perdonado, más deseamos perdonar a los demás. Nos convertimos en personas que anhelan hacer lo correcto y que, al mismo tiempo, sienten una profunda compasión por quienes hacen lo incorrecto. Ese es el ideal. La realidad, sin embargo, suele ser muy distinta. Incluso quienes hemos experimentado un perdón extraordinario empezamos, poco a poco, a olvidar cuánto se nos ha perdonado a nosotros mismos. Sin darnos cuenta, comenzamos a esperar que los demás hagan lo correcto, olvidando que nosotros también fuimos esclavos del pecado. Por eso necesitamos recordar una y otra vez de dónde nos sacó Dios y la gracia que nos ha concedido.

Quizá sea esa precisamente la forma que Dios está produciendo en nosotros: un deseo sincero de vivir en justicia, unido a una comprensión genuina hacia quienes todavía están luchando, incluso cuando se trata de otros creyentes. Donde más me cuesta poner esto en práctica es con aquellos cristianos que no muestran gracia hacia los demás. Lamentablemente, creo que esa es la experiencia en muchas iglesias. Parece que la gracia escasea. Eso me ha hecho darme cuenta de cuánto valoro mi propia iglesia. Es una iglesia caracterizada por la gracia. Quizá solo lleguemos a comprender lo valiosa que es la gracia cuando nos encontramos con su ausencia. Entras en una iglesia donde la ley está por encima de la gracia y enseguida percibes que algo no encaja. Puede haber un ambiente de dureza o de juicio que hace que quieras marcharte. Simplemente, no refleja el corazón de Cristo.

Como cristianos, la gracia no puede ser algo opcional. Forma parte del mismo molde con el que Dios nos está dando forma. El llamado a ser esclavos de la justicia se aplica a nuestra propia vida. Pero, en nuestra relación con los demás, estamos llamados a recordar de dónde venimos y a extender la misma gracia que nosotros hemos recibido. Al fin y al cabo, ese es el gran tema de la carta a los Romanos. Es una carta impregnada de gracia. No podemos perder de vista la gracia mientras perseguimos la santidad. Tampoco debemos conformarnos a modelos en los que la gracia está ausente. Al contrario, debemos dejarnos moldear por el patrón que el Espíritu Santo está formando en nosotros: un patrón marcado tanto por la justicia como por la gracia. Donde hay una gracia extraordinaria, también debe haber un perdón extraordinario.

Padre celestial, gracias por la inmensa gracia que has derramado sobre mí. Perdóname por las muchas veces que olvido de dónde me has sacado y por lo fácilmente que dejo de extender gracia a los demás. Haz de mí una persona que ame la justicia, pero cuyo corazón rebose de compasión. Ayúdame a ser humilde, pronta para perdonar y lenta para juzgar. Enséñame a ofrecer a los demás la misma gracia que Tú, con tanta generosidad, me has concedido. Sigue moldeándome conforme al modelo de tu Hijo: una vida marcada tanto por la santidad como por la gracia. En el nombre de Jesús. Amén.


[1] Escrito por Becky Cretney

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