“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame” (Mateo 16:24).
Lectura: Mateo 16:24-28
Hasta ahora hemos visto que Jesús es el Hijo de Dios, qué él es la roca sobre la cual edificaría su Iglesia y que su Iglesia prevalecerá sobre los poderes de Satanás, pero antes de que ocurra esto él tiene que morir y resucitar. Pedro no entendía la necesidad de su muerte y la resistía, haciéndose portavoz del diablo a quien Jesús redarguyó.
“Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Mateo dice: “Entonces”, porque Jesús nos explicó el precio que tenemos que pagar para seguirle solo después de revelar el precio que él mismo iba a pagar para poder edificar su Iglesia. Él liderará una procesión de discípulos suyos, llevando su cruz, y detrás de él, una multitud de seguidores, cada uno llevando su cruz. La cruz de Cristo era necesaria para pagar por nuestro pecado, y, a la vez, derrotar a Satanás, y la muerte, por medio de ella. Nosotros no tomamos nuestra cruz para la salvación de nadie, sino para morir a nosotros mismos, a nuestros deseos carnales, por un lado, y, por otro, si es necesario, morir físicamente porque estamos siguiendo a una Persona que ha sido rechazado por el mundo, y está en oposición al mundo y su sistema.
El reino de Cristo está en oposición a los reinos de este mundo; estamos en guerra, y hay bajas, pero vale la pena porque veremos al Hijo del Hombre viniendo en la gloria de su Padre para establecer su reino en este mundo, y formaremos parte de él. Hay otra motivación, no tan noble, pero válida, que es que Dios “pagará a cada uno conforme a sus obras”. Si negamos al Señor por no querer pagar el precio para seguirle, el precio que tendremos que pagar si le negamos, ¡será aún mayor! Si no le sigamos por amor, por lo menos, ¡que lo hagamos por temor!
Lo que tenemos aquí es un resumen del programa del Mesías. Muere, resucita, edifica su Iglesia, asciende y “viene en su reino”, y finalmente la segunda venida, cuando “vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles”. Por “venir en su reino”, entendemos el “entrar en su reino” de Daniel 7:13, que revela su glorificación desde el punto de vista de los que están en el cielo. Ascendió al trono de Dios donde “le fue dado dominio, gloria y reino; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido”.
El final el glorioso, pero mientras tanto hemos de tomar nuestra cruz y seguirle.
Padre amado, revélanos la gloria para que tomemos la cruz.
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