… PERO …[1]

¿Oh Señor, hasta cuándo te olvidarás de mí? ¿Será para siempre? …pero yo confío en tu amor inagotable; me alegraré porque me has rescatado. Cantaré al Señor, porque él es bueno conmigo” (Salmo 13:1, 5, 6).

Lectura: Salmo 13:1-6.

Lo más extraordinario de este salmo es el increíble cambio que experimenta David. Es cierto que este tipo de transformación aparece con frecuencia en los Salmos, pero nunca deja de sorprender. Nuestra tendencia natural, cuando nos enfrentamos a los problemas, suele irse a uno de dos extremos. O nos endurecemos e intentamos resolver la situación por nuestras propias fuerzas, fingiendo que en realidad no nos está afectando, o nos hundimos en ella y acabamos recreándonos en nuestro sufrimiento. David, sin embargo, toma un camino completamente distinto. Él gana la batalla por medio de la alabanza. Lo hace recordando deliberadamente todas las cosas buenas que Dios ha hecho por él en el pasado. Tiene motivos de sobra para alabar a Dios y motivos de sobra para confiar en Él, porque Dios ya le ha sido fiel antes, y David sabe que el Dios que actuó en el pasado volverá a hacerlo.

Es fácil resumir todo esto en una sola frase y pensar que David simplemente tuvo suerte porque Dios siempre salió en su ayuda. Pero, si nos detenemos a observar su vida, creo que ninguno de nosotros escogería vivirla. Sí, llegó a ser rey, pero su vida estuvo marcada por un sufrimiento extraordinario. Tuvo hijos que quisieron matarlo. Perdió a un hijo poco después de nacer. Pasó por etapas de una culpa aplastante. Su familia se convirtió en un auténtico caos, y su vida doméstica, con múltiples esposas y concubinas, estuvo llena de conflictos. Perdió a su mejor amigo. Pasó años escondido en cuevas, huyendo de quienes querían acabar con su vida. Gran parte de su existencia estuvo marcada por el peligro, la pérdida y el sufrimiento. Y, aun así, cuando finalmente llegó a ser rey, fue conocido como el rey guerrero. Sin embargo, ¿no resulta llamativo que el rey de la guerra sea también el rey de la alabanza? Fue el rey más victorioso de Israel, y creo que eso no fue una casualidad. Las batallas se ganan por medio de la alabanza. Incluso las batallas físicas se ganan mediante la alabanza, porque la alabanza reconoce quién es Dios y nos recuerda todo lo que ya ha hecho.

No estamos intentando convencernos de creer en un Dios imaginario al que apenas conocemos. Estamos recordando al Dios que ya ha actuado en nuestra vida. Recordamos su fidelidad, su provisión y sus intervenciones. Todos tenemos innumerables motivos para alabarlo, porque todos podemos mirar atrás y reconocer las muchas maneras en las que ya ha sido bueno con nosotros. Pero, antes de que todo eso sea posible, tiene que suceder algo más. David le pide a Dios que alumbre sus ojos, y creo que ese es el verdadero punto de inflexión del salmo. Todavía no puede ver con claridad. Cuando estás rodeado de oscuridad, necesitas luz. Cuando estás en medio de una batalla, necesitas visión, entendimiento y sabiduría. Por eso David le pide a Dios que alumbre sus ojos, tanto los físicos como los espirituales. Con demasiada frecuencia no sabemos hacia dónde nos está guiando Dios. Necesitamos que abra nuestros ojos para reconocer los poderes de las tinieblas que intentan apartarnos del camino, o para ver al ejército celestial que nos protege del maligno. Necesitamos que abra nuestros ojos para reconocer su dirección y escuchar con mayor claridad su voz.

Señor, te ruego que alumbres mis ojos. Te alabo porque sé que volverás a actuar. Lo sé porque ya lo has hecho antes. Una y otra vez has intervenido en nuestra vida, y hoy vuelvo a pedirte que lo hagas de nuevo. Te pido que nuestros enemigos no triunfen sobre nosotros. Te ruego que nos protejas del maligno y que utilices cada circunstancia que atravesemos para abrir aún más nuestros ojos a tus propósitos. Ayúdanos a ver lo que estás haciendo, a confiar más profundamente en ti y a seguirte allí donde nos guíes. Padre celestial, cumple tus propósitos en nosotros por medio de cada prueba. En el nombre de Jesús. Amén.

[1] Escrito por Becky Cretney

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