“Tal vez el Señor tu Dios haya oído al jefe del Estado Mayor asirio, que fue enviado por el rey para desafiar al Dios viviente, y lo castigue por sus palabras (2 Reyes 19:4).
Lectura: 2 Reyes 19:4-7.
Nuestro enemigo el diablo siempre tiene mucho que decir. Sus palabras intentan minar nuestra confianza en Dios. El jefe del Estado Mayor asirio fue su portavoz. Prometió a las tropas de Israel que si se rindiesen a él les daría una vida abundante. Les dijo que otros habían confiado en muchos dioses, pero ninguno había salvado a su país del poder de Asiria; ¿Por qué pensaban que el suyo sí? Es como decir que hay muchas religiones en el mundo, ¿cómo sabes que la suya es la verdadera? El comandante les dio falsas ilusiones y usó argumentos que parecían bien fundados, pero todo fue engaño. El pueblo no contestó palabra a este farsante, tal como el rey les había mandado.
Después el rey de Israel (reino de Judá) notificó al profeta Isaías de las palabras del comandante de Asiria y pidió oración. El profeta oró y esta fue la respuesta que recibió del Señor: “No te alteres por este discurso blasfemo que han pronunciado contra mí los mensajeros del rey de Asiria. ¡Escucha! Yo mismo actuaré en su contra, y el rey recibirá un mensaje de que lo necesitan en su país. Así que volverá a su tierra, donde haré que lo maten a filo de espada” (19:6, 7).
Las tropas de Asiria se retiran para luchar contra el rey de Etiopía, pero antes de salir a su encuentro mandaron otro mensaje a Ezequías rey de Judá: “No dejes que tu dios, en quien confías, te engañe con promesas de que Jerusalén no caerá en manos del rey de Asiria”. Luego presentaron una lista de países que ya habían conquistado los asirios y preguntaron: “¿Por qué piensas que serías tú la excepción? ¿Acaso los dioses de otras naciones las han rescatado?” (19:12). El enemigo es incansable. ¡Dale con el mismo argumento! Cuando el rey recibió esta carta, hizo una cosa que nosotros podríamos copiar cuando oímos algo que nos desconcierta: se lo contó a Dios: “Después de recibir la carta de manos de los mensajeros y leerla, Ezequías subió al templo del Señor y desplegó la carta ante el Señor” (19:14). Dios ya sabía el contenido de la carta, pero estos actos visibles juegan una parte importante en nuestra vida de fe. Explicamos a Dios en voz audible lo que Él ya sabe. Esto hace que lo espiritual sea más real para nosotros.
Escucha la oración del rey: “¡Oh Señor, Dios de Israel, ¡tú estás entronado entre los poderosos querubines! Solo eres tú el Dios de todos los reinos de la tierra. Solo tú creaste los cielos y la tierra. Inclínate, oh Señor, y escucha! Abre tus ojos, oh Señor, y mira! Escucha las palabras desafiantes de Senaquerib contra el Dios viviente” (19:15, 16). En su oración responde al argumento del comandante de Asiria: Derrotaron a los otros dioses de las naciones, porque solo eran ídolos de piedra y madera formados por manos humanas. “¡Por supuesto que los asirios pudieron destruirlos, pues no eran dioses en absoluto!”. Su petición sigue: “Ahora, oh Señor nuestro Dios, rescátanos de su poder; así todos los reinos de la tierra sabrán que solo tú, oh Señor, eres Dios” (19:19). En esta hermosa oración de Ezequías vemos la adoración a Dios que conduce a la victoria. ¡Empléala!
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