“En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios” (1 Juan 3:10).
Hay tres cosas que delatan si realmente tenemos el Espíritu de Cristo o no: si amamos a nuestro enemigo, si ayudamos a nuestro enemigo, si perdonamos a nuestro enemigo. Ellas demuestran que somos de Cristo. Si no, somos hijos del diablo. Esto dice el apóstol Juan.
No amar:
“Todo aquel que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Juan 3:15). “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.” (1 Juan 4:8). “Si alguien dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso” (1 Juan 4:20). “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:44, 45). Si no amas, incluso a tu enemigo, no eres hijo de Dios.
No ayudar:
“Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?… Amarás al Señor tu Dios… y a tu prójimo como a ti mismo… ¿Quién, pues de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Él dijo: el que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo” (Lu. 10:25-37). Cuando Jesús dijo, “Haz tú lo mismo”, no era una sugerencia, era la respuesta a su pregunta. Esto es lo que tenía que hacer para heredar la vida eterna: mostrar misericordia al enemigo. El que no lo hace, no la hereda. El que no ayuda a su enemigo, no es salvo; no tiene el Espíritu de Cristo, quien no solamente nos ayudó, sino que, aun siendo pecadores y enemigos de Dios, murió por nosotros.
No perdonar.
“Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía” (es decir, hasta siempre, porque la deuda era tan grande que era imposible de pagar). “Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas” (Mateo 18:34, 35). Jesús así enseña que si no perdonamos, Dios revoca el perdón que nos había otorgado y quedamos culpables delante de Él, sin tener su perdón, es decir, condenados.
Estas tres actitudes revelan qué clase de persona somos. No son pecados puntuales, son decisiones que tomamos en momentos de intenso conflicto en que surge lo que realmente está en nosotros, de qué material estamos hechos. ¿Está el Espíritu de Cristo en nosotros o no? Él es el sello de nuestra salvación. En momentos de crisis, por nuestra reacción, delatamos si tenemos el Espíritu Santo o no. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Él. Jesús amó a sus enemigos, pues lloró sobre Jerusalén; ayudó a sus enemigos, pues murió para salvarlos; y perdonó a sus enemigos, aun cuando lo estaban crucificando. Él que tiene su Espíritu se parece a Él.
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