PARA HEREDAR LA VIDA ETERNA

“Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Aquel, respondiendo, dijo: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás” (Lu. 10:25-28).

               Cuando un hombre religioso le preguntó a Jesús qué tenía que hacer para heredar la vida eterna, Jesús le contestó: “Amar a Dios con todas tus facultades y a tu prójimo como a ti mismo”. Escuchando su respuesta, el hombre intentó evadir las implicaciones preguntando quién era su prójimo. Se portaba bien con sus amigos, familiares y con otros judíos religiosos como él. ¿Esto es amar al prójimo? Si así es, había cumplido. Así que Jesús procede a contarle la historia del Buen Samaritano. Tener la religión correcta no te salva a no ser que te haya hecho una persona compasiva. Este es el propósito de ser evangélico: aprender a amar a Dios y a mostrar compasión.

            ¿Por qué no le contó una historia acerca de un judío compasivo que ayudó a un samaritano? Hablando con la mujer samaritana, Jesús le dijo que la salvación era de los judíos (Juan 4:22). Hace falta tener la religión correcta; pero una doctrina ortodoxa, sin amor, no salva a nadie. Jesús le contó la historia de un samaritano que se portó mejor que los judíos religiosos para ofender su orgullo religioso, para decirle que aún un samaritano compasivo es mejor que un judío duro de corazón. Jesús enseñó al judío religioso acerca de la necesidad de ser misericordioso, y a la mujer samaritana que la verdad es necesaria, y que los judíos la tenían. A cada uno, lo suyo. Para agradar a Dios necesitamos una comprensión correcta de la verdad que conduce a una vida de justicia y misericordia. Si falta la misericordia, no tenemos la verdadera religión, y no tenemos la vida eterna.  

          Así que este judío religioso tuvo que entender que Dios buscaba compasión. Ese fue el propósito de la Ley. El amor es el cumplimiento de la Ley. Hemos de mostrar compasión a nuestro prójimo, y nuestro prójimo resulta ser cualquier persona que Dios hace pasar por nuestro camino, la persona cuya vida toca la nuestra. Nuestro prójimo es la persona con la cual trabajamos, el miembro de nuestra familia, el amigo de nuestro hijo, o una persona que encontramos en la calle. No tenemos que fijarnos tanto en una persona necesitada al otro lado del mundo, como en la que cruza nuestro camino, al cual tenemos la posibilidad de ayudar.

          Tenemos que percibir que es Dios quien le ha puesto allí y hacer lo que podamos por él. Mostrar misericordia significa hacer aquello que está en nuestro poder para ayudar a esta persona, como el samaritano ayudó al judío herido. La cuestión es: ¿Puedo ponerme en su lugar? ¿Qué tengo la posibilidad de hacer por él que pueda ayudarlo? ¿Qué me costará? ¿Lo haré?

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