“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
Lectura: 1 Juan 4:13-17.
El himno que sigue figura en muchas ceremonias de boda en países de habla inglesa:
Oh Amor perfecto, que trasciende todo pensamiento humano,
humildemente nos arrodillamos en oración ante tu trono,
para que de ellos sea el amor que no conoce fin,
a quienes tú, en sagrado voto, unes en uno.
Oh, Vida perfecta, sé tú su plena garantía
de tierna caridad y fe firme,
de esperanza paciente y resistencia tranquila y valiente,
con confianza infantil que no teme al dolor ni a la muerte.
Concédeles el gozo que ilumina el dolor terrenal;
concédeles la paz que calma toda contienda terrenal;
concédeles la visión del glorioso mañana
que revelará el amor y la vida eternos.
A primera vista este himno parece ser una oda al amor romántico: “Oh amor perfecto, que transciende todo pensamiento humano”: ¡Ay, qué hermoso!”. Nos transporta a las nubes. Solo cuando pensamos en la letra nos damos cuenta de que no estamos cantando al amor humano, sino al amor divino, que no es tanto un sentimiento como una acción. Dios “nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados”. Dios no se sentó en los cielos pensando en cuánto nos amaba, sino que, viendo nuestra condición lamentable, envió a su Hijo para salvarnos de eterna condenación, y después envió a su Espíritu para transformarnos para que pudiésemos estar con Él para siempre en su Reino.
No hay ningún amor perfecto que nunca falle, nunca ofenda, y nunca decepcione, que siempre sea constante, siempre esté fluyendo, excepto el amor de Jesús. Amó a los suyos que estaban en el mundo, y los amó hasta el fin (Juan 13:1). Su amor lo movió a servir a los discípulos, lavando sus pies (Juan 13:4, 5), y después a morir por ellos. El Calvario es la medida de aquel amor. Y el amor del Calvario es multiplicado un millón de veces para hacerlo personal para cada creyente. Es paciente, profundo, personal, intenso, práctico y productivo. Trae limpieza y sanidad, calma y empodera. Nos satisface, nos realiza y nos da identidad: yo soy Suyo y Él es mío.
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