“Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le dijeron que les mostrase señal del cielo” (Mateo 16:1).
Lectura: Mateo 16:1-12.
Jesús acaba de dejar a la multitud maravillándose de sus milagros de sanidad y satisfechos con los panes y peces que habían comido. En este contexto vienen los fariseos y los saduceos para pedirle una señal del cielo. ¡La señal del cielo es Jesús mismo, el que tenían delante de sus ojos!
Los milagros no conducen a la fe. La fe sale del corazón, no de los ojos. Si uno ve un milagro y cree, es porque no tiene otra opción, pero si uno cree porque la fe le nace en el corazón, esta es una fe autentica. El Señor Jesús diría a Tomás: “Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29). Los fariseos y saduceos ya habían decidido en sus corazones que no iban a creer.
Los profetas anteriores habían hecho milagros de sanidad, de resurrecciones, de multiplicación de alimentos, y de traer lluvia. Elijas había ascendido al cielo en un caro de fuego. Los líderes religiosos están pidiendo mayores milagros de Jesús, como abrir los cielos y revelar al trono de Dios. Esto es forzar la mano de Dios. Es tentarle, como saltar del pináculo de templo, o bajar de la cruz. Estos actos no engendren una fe verdadera y por esto Jesús se niega. En el último día habrá “señales del cielo”: el sol se pondrá negro, la luna se volvió como sangre y las estrellas del cielo caerán (Ap. 6:12, 13). Mientras tanto, hay suficientes milagros para los que querían creer: el cielo se puso negro cuando Jesús murió, el velo del templo se rasgó en dos por la mano de Dios, las rocas se partieron, y muchos santos salieron de los sepulcros. Pronto verían el mayor milagro, la señal de Jonás, la resurrección de Jesús después de tres días en la tumba (Jonás 1:17).
Jesús advirtió a los discípulos a no caer en el error de los fariseos, que él llama “la levadura de los fariseos”. Consiste en una piedad falsa: en añadir o restar de las Escrituras, en el legalismo, en doctrina sin misericordia. Culmina en el rechazo de Jesús y conduce a la perdición.
Hemos de aprender a vivir por fe y no por vista. Si no creemos, no es por falta de milagros, sino por la condición de nuestro corazón.
Oración: Amado Padre, guárdame de la doctrina de los fariseos y de los saduceos, de exigir milagros y no creer simplemente por la resurrección de Jesús. Amén.
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