LA NOCHE DEL ALMA (2)

“¿Por qué te abates, oh alma mía, y porque te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (42:5, 11, y 43:5).

Lectura: Salmo 43:1-5.

Continuamos con la segunda parte de la meditación de ayer, con la solución:

Pues, en nuestro salmo, el salmista también habla consigo mismo y con Dios. A Dios le dice: “Envía tu luz y tu verdad”. Esta es una oración muy fuerte. Necesita luz en medio de la noche del ama. Está en densa oscuridad, en medio de una prueba fortísima y no entiende nada. Necesita luz y entendimiento. La verdad te libera: “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan 8:32). “El Espíritu de verdad os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). En este estado, es menester comprender lo que Dios quiere que sepas. Dile a Dios: “¿Qué quieres que vea? ¿Algo que no veo de mí misma? ¿He pecado? Examíname (Salmo 139:23, 24). ¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué quieres cambiar en mí? ¿Qué mentiras me está diciendo el enemigo? (Juan 8:44c). ¿Qué versículo me va bien en estas circunstancias? ¿Qué necesito aprender de ti?

La verdad rompe el poder de las mentiras del diablo que te destrozan. Cuando tenemos la luz y la verdad que necesitamos para nuestro caso en concreto “estas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas. Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo: y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío”. Vamos a desglosar esta frase poco a poco, ¡porque es fantástica! La luz de Dios nos conduce a la morada de Dios, es decir, a su presencia. ¡Eso es lo que el salmista buscaba: sentir la presencia de Dios! Esta luz me lleva al altar de Dios, a la cruz, donde confieso mi pecado, si tengo, o donde perdono a otro que me ha hecho daño. Es donde me desbloqueo. Allí encuentro el amor de Dios escrito en sangre, y comunión con el sufrimiento de Cristo. Es donde veo y me identifico con Jesús, quien lleva mis penas: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el Ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Is. 63:9). Conecto con Dios en Cristo. Siento su alegría. Doy con “el Dios de mi alegría y mi gozo”.  Se va la oscuridad; mi desolación se levanta, y veo al Señor. Termino alabando a Dios y cantándole cánticos de gozo.

El salmo no termina aquí. Otra vez se repite el estribillo porque la solución no consiste en saber esto, consiste en orar hasta recibir la luz de Dios y su verdad. He de orar, y Dios me tiene que revelar su verdad y la tengo que recibir. Si no lo puedes hacer sola, pide a una hermana madura que ore contigo hasta que la luz de Dios irrumpa en tu vida y ponga un cántico de gozo en tu corazón. Las circunstancias pueden continuar, pero tú cambias de la noche a la mañana. Sientes que Dios está a tu lado, y “su cántico está contigo”. La voz del enemigo ha sido silenciada. Tienes esperanza. La salvación de Dios te ha llegado. Ya puedes aguantar la prueba hasta que termine porque Jesús está contigo, y lo sientes. Él te basta.

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