“Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. Aconteció que descendió su sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo” (Lucas 10:30, 31).
Lectura: Lucas 10:30-37.
Parece que el atracado venía del templo en Jerusalén y que el sacerdote allí iba para servir a Dios en el templo. Para ello tenía que estar puro. Pero si atendiese a este mal herido y posiblemente moribundo, estaría inmundo, porque la ley prohibía tocar a un muerto, y ¿cómo podría servir a Dios si estuviese contaminado? Claro, su conciencia no permitía que atendiese a un hombre moribundo si cabía esta posibilidad. Tenía que mantenerse limpio para servir a Dios. Así que, respetando a su conciencia, pasó de largo al malherido. Lo mismo pasó con el levita. ¿Por qué puso de ejemplo el Señor a dos hombres religiosos? Podría haber dicho que pasó un carpintero y un pescador. ¿Será porque los religiosos son los que más problemas tienen con su conciencia?
La conciencia es una cosa muy buena que Dios ha dado a todo ser humano para guiarnos, pero la conciencia de todo el mundo no coincide. Algunos piensan que una cosa es mala, mientras que otros piensan que no lo es. Algunos piensan que hay que ser muy estrictos con los niños; otros piensan que no. Algunos piensan que es malo bailar, y otros piensan que depende del baile. Unos piensan que no se debe comer carne, y otros no ven ningún problema en ello. Unos piensan que la mujer no debe maquillarse, y otros piensan que no presenta ningún problema.
La conciencia se forma con la información que le mentemos dentro. Si procedes de un hogar estricto, o de una iglesia estricta, tu conciencia será diferente a la que procede de una iglesia menos estricta, y muy diferente a la de un no creyente. Cuanto más legalista es uno, más estricta su conciencia. Los fariseos eran muy legalistas. Para ellos sacar el buey de un pozo en un día de reposo no estaba nada claro, sino cuestión de debate. Hoy día hay muchas cuestiones de debate entre creyentes sinceros. Hemos de respetar la conciencia del otro para no ofenderlo. Para una consideración más amplia de la conciencia, lee I Cor. 10: 23-33.
Lo importante por ahora es no permitir que mi conciencia ofenda la conciencia del otro y distinguir entre lo absoluto de la Palabra de Dios y lo variado de la conciencia de los creyentes. Hemos de averiguar si nuestra conciencia es legalista o misericordiosa. La de los dos hombres religiosos en la parábola del buen samaritano no era misericordiosa. La de Jesús era misericordiosa y chocó con los fariseos que no creían que se pudiera comer con pecadores (Mat. 9:11-13). Si nuestra conciencia tacha a otros de pecadores y no muestra misericordia hacia ellos, hemos de reprogramarla para estar en consonancia con la enseñanza de Jesús: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. En esta frase “sacrificio” significa “sistema religioso”. Si mi sistema religioso no es misericordioso, puede ser que deba reprogramarlo.
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