“Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios” (1 Pedro 4:1-2).
¡Fabuloso texto para la juventud! Y también fabuloso para cualquier persona que se deja dominar por sus apetitos carnales. Estamos en una batalla muy grande, los jóvenes de una manera, y los mayores de otra. Es la batalla de la mente contra la carne, es decir, contra el cuerpo y lo que le apetece. Y la gente cae como moscas, derrotada por el sexo, la pornografía, la droga, la bebida, las películas violentas, la comida rápida, la moda, la pereza, sensaciones, emociones fuertes, apetitos, deseos y exigencias del cuerpo. Se come demasiado, sin disciplina alguna. Unas veces se duerme demasiado y otras veces demasiado poco, fuera de control.
La carne está compuesta de cinco sentidos: la vista, el oído, el tacto, el gusto, y el olfato. De allí vienen las exigencias y apetitos de cada uno de ellos: los ojos tienen la tentación de películas fuertes, de ver aquello que seduce, estimula mal la imaginación, excita, y termina dañando al creyente. El oído es atraído a música que no edifica para nada, al contrario, que induce a pecar. El tacto pide sensaciones que no son para el hijo de Dios. El gusto comería todo lo que le apetece sin freno alguno. De allí la gordura, la anorexia, la bulimia, la mala salud: hamburguesas, patatas fritas de bolsa, Coca Cola, comida precocinada, rápida, y poco sana. Y el olfato pide perfumes, pringues, lociones, geles y cremas.
La batalla para el cuerpo se soluciona con la mente: “Armaos con este pensamiento”: Cristo ha padecido por nosotros en la carne para terminar con el pecado, no para que lo podamos practicar impunemente. Si hemos muerto con Cristo, hemos muerto al pecado de la carne. ¿Estás harto de la carne o aún quieres vivir en ella? Hay dos caminos: Vivir en la carne o vivir conforme a la voluntad de Dios. Vivir en la carne es ceder a sus demandas, sus deseos físicos, sus apetitos. Esto se controla con una actitud: “He muerto con Cristo a todo esto”. “Basta ya el tiempo pasado para haber hecho lo que agrada a los gentiles, andando en lascivias, concupiscencias, embriagueces, orgías, disipación y abominables idolatrías” (v. 3), es decir: Basta ya de hacer lo que hacen los demás que no creen en Dios: cometen pecados sexuales de todos los tipos, van a fiestas con sexo, bebida y droga, y practican todo lo que les apetece sin freno alguno. “Basta ya”. La mente controla el cuerpo y así el creyente gana la victoria sobre su carne, dedicando su cuerpo a hacer la voluntad de Dios, como lo hizo Cristo, quien oró: “Me preparaste cuerpo… He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad” (Heb. 5, 7). Sacrificamos también los deseos de nuestro cuerpo para hacer la voluntad de Dios.
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