DELANTE DE LA MUERTE

“Estimada es a los ojos de Dios la muerte de sus santos” (Salmo 116:15).

            Una amiga escribe pidiendo oración urgente por su anciana madre que está postrada en cama silenciosamente acercándose a la muerte. Parece que le falta poco, y la hermana necesita nuestro apoyo en oración. Esta amiga es obrera del Señor, toda su vida dedicada a su servicio, y su madre es una creyente fiel que, por ley de vida, espera la muerte. Entonces, ¿para qué tanta necesidad de oración ferviente? Porque la muerte siempre es terrible. No es una amiga. Es el último adversario con el cual batallamos en este mundo, y viene con toda la furia que Satanás nos puede echar para aprovechar su última oportunidad de hacernos daño, y no la quiere despreciar. La batalla de Jesús con la muerte fue feroz; venció, pero los apóstoles tampoco menospreciaron a este enemigo cuando llegó su hora. La muerte ha perdido su aguijón, pero sigue siendo repugnante, oscura y temible. No la saltamos por encima alegremente, como si nada; la atravesamos con temor y temblor, muy agarrados al Señor, confiados en su Cruz por nuestra salvación, con esperanza, pero nunca trivializándola. Nuestras palabras a los que se encuentran cerca de sus puertas nunca deben ser superficiales, ni frases hechas, ni palabras piadosas, sino que deben transmitirles la seguridad de nuestra solidaridad, palabras de consuelo que vienen del Espíritu Santo en nuestro corazón.

            El salmista enfrentó la muerte con estas palabras: “Me rodearon ligaduras de muerte, me encontraron las angustias del Seol; angustia y dolor había yo hallado. Entonces invoqué el nombre de Jehová, diciendo: Oh Jehová, libra ahora mi alma” (Salmo 116:3, 4). Pidió liberación y, en su caso, el Señor se la concedió: “Pues tú has librado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas, y mis pies de resbalar. Andaré delante de Jehová en la tierra de los vivientes” (v. 8, 9). Estuvo “afligido en gran manera” (v. 10); su fe fue probada en su enfrentamiento con la muerte, no porque era mal creyente, sino porque el enemigo, del cual fue librado, es terrible. Emocionado, expresa su gratitud al Señor: “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?” (v. 12); pero luego dice algo que parece que contradice todo lo que ha dicho hasta ahora: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos” (v. 15). Si la muerte es tan estimada, ¿por qué le libró el Señor de ella? Es estimada o preciosa en el sentido de que el Señor no menosprecia la muerte de sus hijos. No la trata como si nada. La valora. No le resta importancia. Valora lo que nos cuesta tener que pasar cuando nos encontramos entre sus garras. Aprecia nuestro sufrimiento.

            En estas circunstancias, nuestra oración es: “Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado” (Lucas 24: 29). “Se acerca la noche, quédate, Señor, con nosotros”. Y el Señor lo hizo: “Entró, pues, a quedarse con ellos” (v. 29). En esta hora oscura, esto es lo que necesitamos, a Jesús, allí, con nosotros. Y mientras Él esté, desde el otro lado, llamará la voz del Padre a nuestro ser querido, diciendo, “Amado, ven a Casa”.   

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