“… y ella le dijo: Sí Señor; pero aun los perillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos” (Mateo 15:27).
Lectura: Mateo 15:21-31.).
Jesús tenía muy claro que el Padre lo había enviado a los judíos, que la salvación procede de los judíos y que, para llegar a él, era necesario pasar por la fe de Abraham. Cuando los gentiles reconocían esto, les atendió.
Una mujer cananea acude a Jesús pidiendo la sanidad de su hija endemoniada ¡y Jesús rehusó tres veces! La primera vez no le contestó palabra alguna. La segunda vez le dijo que solo atendía a los judíos. La tercera vez le dijo que no era correcto dedicar a los gentiles el servicio que él debía a los judíos. Cuando ella reconoció que él tenía razón al rechazarla por no ser del pueblo de Dios y se incorporaba a este pueblo como un perro debajo de una mesa judía, él Señor le concedió lo que le pedía. Sin ir a su casa, ni tocar a la niña, Jesús la sanó.
Notemos varias cosas. Ella se acercó a Jesús llamándolo “Hijo de David”, que es un título mesiánico. Iba bien encaminada, pero solo era un paso en el sentido correcto. Se emocionó, pero era insuficiente. Después se humilló, poniéndose de rodillas ante Jesús, pero esto todavía no era suficiente para conseguir su ayuda. Finalmente reconoció que Jesús era para los judíos y se subyugó a ellos como mascota suya. Entonces Jesús la atendió. Le dijo: “Oh mujer, grande es tu fe”; hágase contigo como quieres”. La salvación es por la fe en el Salvador de los judíos.
Pasó lo mismo con la samaritana. Jesús le dijo que “la salvación viene de los judíos” (Juan 4:22), y ella dijo que creía en el Mesías de los judíos. Entonces fue salva. Israel es la vid. Solo se salvan los que son injertados en ella, y son extirpados de ella los judíos que no tienen fe en Cristo. Nos convertimos al Mesías de Israel.
Pensamiento: Nuestro Dios es el Dios de Israel, nuestro Salvador es el prometido Mesías de Israel, pero no somos judíos, ni prosélitos, sino parte del pueblo de Dios, hijos adoptados de Abraham, por la fe en el Dios de Abraham, y en su Hijo, el Señor Jesucristo.
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