“Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).
Lectura: Heb. 11:1-6.
Dios obra cuando nosotros tenemos fe. Esto es lo que dijo Elisabet a María: “Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45. En contraste tenemos la triste frase que comenta Jesús en la visita a su pueblo, Nazaret: “Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad de ellos” (Mateo 13:58). Nuestra falta de fe limita a Dios. ¡No quiere que tengamos fe porque hayamos visto milagros, sino que veamos milagros porque tenemos fe!
Tenemos una historia en la vida del profeta Eliseo que lo ilustra. Empieza así: “Aconteció que Ben-adad rey de Siria reunió todo su ejército, y subió y sitió a Samaria” (2 Reyes 6:24). Entonces ocurrió lo que siempre ocurre en estos sitios, hubo gran hambre en Samaria. Lo poco que había para comer se vendía a precios desorbitados. Empeoró la situación y la gente se moría de hambre. Pasaron atrocidades: ¡algunas mujeres se comían a sus hijos! La gente blasfemaba a Dios. En medio de esta tragedia llegó la voz de Dios por boca del profeta Eliseo: “Oíd palabra de Jehová: Así dijo Jehová: mañana a estas horas valdrá el seah de flor de harina un siclo, y dos seahs de cebada un siclo, a la puerta de Samaria” (7:1). ¿Tan barato? Parecía imposible. En medio de la oscuridad de la situación vino esta palabra esperanzadora de Dios: “Un príncipe sobre cuyo brazo el rey se apoyaba, respondió al varón de Dios, y dijo: Si Jehová hiciese ahora ventanas en el cielo, ¿sería esto así?”. Cinismo puro. Falta de respeto a Dios. Incredulidad. El temor de Dios había abandonado al pueblo. El profeta le contestó a este impertinente diciendo: “He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello” (7:2). La incredulidad no recibe nada de Dios. Verás.
Unos leprosos deciden que lo tienen todo perdido de todos modos, ¿Por qué no arriesgarse y buscar comida en el campamento del enemigo? Da igual morir allí que morir aquí. Bajo la cobertura de la noche llegaron al campamento de los sirios ¡y hallaron que no había nadie! Nadie. “Porque Jehová había hecho que en el campamento de los sirios se oyese estruendo de carros, ruido de caballos, y estrépito de gran ejército”… y huyeron para salvar sus vidas dejando un gran botín y mucha comida. Los métodos de Dios para efectuar sus planes son inauditos.
Los leprosos volvieron a Samaria con las buenas noticias y el pueblo salió, y saqueó el campamento de los sirios. “Y fue vendido un seah de flor de harina por un siclo y dos seahs de cebada por un siclo, conforme a la palabra de Jehová” (7:16). Y el rey puso a la puerta de la ciudad a aquel cínico que dijo que ni Dios podría ayudarles, y lo atropelló el pueblo en la entrada, corriendo a buscar comida, y murió, conforme a la palabra del profeta que él vería la abundancia de la provisión de Dios con sus ojos, pero no comería de ello. Y así fue. Dios siempre cumple lo que ha prometido, por imposible que parezca, pero los que no tienen fe no van al banquete. ¡Qué triste ver la mesa puesta y cargada de festín, y morir sin probar bocado! Esta es la suerte del que no tiene fe, en esta vida, y también en la otra.
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