“Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11).
Lectura: Hechos 1:4-11.
¿Qué sentimientos nos produce saber que el Señor volverá? ¿Anhelamos su retorno? ¿Por qué?
Una mujer contestó a esta pregunta con toda sinceridad: “Yo quiero que el Señor vuelva, claro, pero no es algo que deseo que haga en este mismo momento. Quiero pasar más tiempo con mis nietos, quiero ver las carreras que escogen, con quiénes se casarán, y cómo les irá la vida. Lo estoy pasando muy bien con ellos ahora y quiero unos cuantos años más de disfrute con ellos”.
Esta es la respuesta de una mujer con buena salud, un buen matrimonio, una buena jubilación, dinero, y una hermosa familia. La vida le sonríe. ¿Quiénes son las personas que desean que el Señor venga ya? Creo que hay dos clases de personas que caen en esta categoría: los creyentes que están sufriendo, y los que lo aman a Él más que a ninguna otra cosa en la vida. A menudo estos dos grupos coinciden, porque “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). Miles y miles de nuestros hermanos en Cristo están sufriendo lo indecible en más de cincuenta países en estos momentos, sobre todo en Asia y Oriente Medio. Les falta lo básico para estar bien: comida, salud, medicina y seguridad física. En cualquier momento puede llegar una amenaza a sus vidas. Algunos están en cárceles en condiciones inhumanas. Otros han visto a familiares masacrados. Con razón desean que el Señor venga ahora mismo para poner fin a su sufrimiento. Hay otros que desean la venida inmediata del Señor, pero, a la vez quieren que demore hasta que sus seres queridos estén convertidos.
Los primeros que escucharon la promesa de su retorno amaban al Señor de todo corazón hasta el punto de estar dispuestos a morir por Él. Muchos lo hicieron. Lo que hace que amemos al Señor es conocerlo, tener un trato intimo con Él, andar con Él y escuchar su voz. La obra del Espíritu Santo en nuestras vidas derrama el amor de Dios en nuestros corazones (Romanos 5:5), incluyendo el amor por el Señor Jesús. Esto ocurre de verdad y el amor que sentimos por el Señor es una realidad. Encontramos que lo amamos y no podemos explicar cómo ha ocurrido, pero desde que lo conocemos, lo amamos. Somos conscientes de lo que nos ha perdonado, de lo perdidos que estábamos antes de conocerlo, de la condenación que nos esperaba y de nuestra verdadera condición. Los que nunca piensan en este tema son los que están viviendo en el mundo y tienen su esperanza en esta vida.
El apóstol Pablo amaba al Señor Jesús y escribió estas palabras antes de su ejecución: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe, Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor Jesús, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida” (2 Tim. 4:7, 8). Esta es una persona preparada para su venida.
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