“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
Lectura: 1 Juan 4:7-11.
Dios trabaja los escollos de nuestro carácter en un ambiente de amor. Nos hace sentirnos aceptados al llevarnos a un estado de seguridad que permite que cambiemos. Si nos sentimos criticados, censurados y rechazados, nos ponemos a la defensiva, y hasta puede producir agresión, y en este estado no vamos a procurar cambios en nosotros mismos. El amor permite la seguridad que facilita el desarrollo, tanto en el hogar, como en la iglesia.
Es más fácil que un niño criticado se ponga rebelde antes de ponerse a cambiar en las cosas por las cuales está siendo criticado. Los padres que menosprecian a sus hijos y pasan el día corrigiéndolos, no van a conseguir niños bien ajustados, sociablemente aceptados y pacíficos, sino niños desanimados, acomplejados y agresivos. El hogar tiene que ser un lugar seguro donde el niño se sienta valorado a pesar de sus defectos. Los padres están allí para trabajar en su formación, y lo hacen, no chillándoles, ni reprendiéndolos continuamente, y diciéndoles cosas como: “No haces nada bien”, sino mostrando su comprensión y apoyo, siendo pacientes, y recordando que ellos también tienen sus fallos, ¡a no ser que ya sean perfectos!
Lo mismo es cierto de la iglesia. Es un lugar de formación. El castigo de poner a una persona en disciplina solo se usa para personas que están pecando y no quieren dejar el pecado, por ejemplo, un creyente que roba dinero de la ofrenda y no lo confiesa ni rectifica. Una constante crítica y censura no favorece la maduración del creyente. Las ovejas tienen su obstinación de ir por sus caminos. En el peor de los casos el pastor rompe la pierna de una ovejita que se va escapando cada dos por tres, pero no lo abandona en el campo a morir de hambre, sino que la lleva sobre sus hombres y atiende a sus necesidades hasta que aprenda.
Nuestro texto dice: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Dios no esperó hasta que fuésemos buena gente para amarnos. Nos amó aun cuando éramos malos. Un padre ama a sus hijos malos, y un pastor ama a sus ovejas difíciles. No tenemos que cambiar para conseguir que Dios nos ame, ni esperamos que la gente cambie para que podamos amarla. Amamos a las personas tal y como son y, sintiéndose amadas, estas personas maduran. Se enganchan al amor de Dios que les da la sensación de ser valiosas, y les da seguridad y estabilidad y, con este firme fundamento, prosperan y crecen, cambian y alcanzan su potencial en Cristo. Sintiéndose amadas, aman a otros, y así se produce un ambiente de crecimiento en la iglesia. Cambios ocurren, y otros se convierten y llegan a conocer el amor de Dios en Cristo.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.