JESÚS SE VA

“He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde o alto. Y los sacó fuera hasta Betania, y alzando sus manos, los bendijo. Y aconteció que, bendiciéndoles, se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo” (Lucas 24:49-51).

Lectura: Lucas 24:52, 53.

El final de este evangelio es conmovedor. Jesús lleva a sus discípulos a Betania. Aquel lugar está repleto de memorias. Jesús hace dos cosas para ellos antes de dejarlos. Primero les dice lo que tienen que hacer: esperar en Jerusalén hasta que venga el Espíritu Santo. Son sus instrucciones finales. Después no lo necesitarán a Él para decirles lo que tienen que hacer porque tendrán al Espíritu Santo para guiarlos. La secunda cosa es que los bendice. Así que tienen sus instrucciones y la bendición del Señor que necesitarán como puente entre su salida y la venida del Espíritu Santo. Después de esto, Él fue llevado al cielo. Debido a la bendición que realmente recibieron, no se sintieron abandonados y tristes, sino que tuvieron la fortaleza interior necesaria para olvidarse de sí mismos y estar en el templo alabando a Dios: Jesús los bendijo y ellos alabaron a Dios. Así pasaron el tiempo esperando la venida del Espíritu Santo que necesitaban para poder continuar con la obra que les había dado Jesús.

            Normalmente es difícil para un creyente de mucho tiempo estar lleno del Espíritu Santo. Son estables en sus creencias, pero, a no ser que tuvieran una conversión fuerte, no están llenos del Espíritu. Hay muy pocas personas en la iglesia que están llenas del Espíritu Santo. La razón de ello es porque no han enfrentado al pecado en sus vidas que está bloqueando al Espíritu Santo, porque no lo ven. No se dan cuenta de lo que les está bloqueando para impedir que estén llenos del Espíritu. Es como tener un agujero en el fondo de tu cubo para que nunca lo puedes llenar. Tenemos que saber lo que nos está impidiendo ser llenos del Espíritu.  

En mi caso tuve que preguntar a Dios cuáles eran estas cosas, ¡y había bastantes! Formaban parte de mi carácter, cosas que nunca habían sido crucificadas con Cristo, como, por ejemplo, el negativismo, un espíritu crítico, el legalismo, el juzgar y condenar a otros, los complejos, una sensación de rechazo, soledad e insatisfacción, además de heridas emocionales y personas a las que nunca había perdonado. Oraba: “Examíname, Señor, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí, camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23, 24). Y poco a poco el Señor me iba mostrando estas cosas, pero, mientras tanto, el estar parcialmente llena me sostuvo. Pero, como mi cubo tenía un agujero importante en el fondo, tenía que mantener el grifo abierto siempre.

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