¿CORAZONES DE PIEDRA O DE CARNE?

“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu” (Ezequiel 36:26, 27).

Lectura: Juan 7:38, 39.

            “Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: ¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?” (Números 20:10). Nos cuesta entender la gravedad de este pecado. Nos parece exagerado el castigo que Dios le dio de no introducir la congregación de Israel en la Tierra Prometida. No es una mera pérdida de la paciencia por parte de Moisés. Es atribuir a uno mismo la obra de Dios. Es hacerse pasar por Dios. Es un pecado digno de muerte inmediata. Moisés no era el que sostenía a Israel en el desierto, era Dios. ¿Qué pretendía, que la congregación lo adorase como el Gran Proveedor? Estaba suplantando a Dios. Tengamos mucho cuidado: debemos dar la gloria a Dios por todo lo que hace, y no hacer pensar a la gente que nosotros lo hemos hecho por nuestro gran poder.

Esta es una lección que podemos aprender de este incidente, pero hay más. El agua que sale de la roca es una ilustración del río del Espíritu saliendo de un corazón de piedra. Si el caudal sale con mucha fuerza, resquiebra la roca. Crea una fisura muy grande. Con el tiempo puede hacer pedazos de la roca. El río del Espíritu tiene su nacimiento en el trono de Dios (Apoc. 22:1), del corazón de Dios quien está sentado en el trono. Es un río de amor. Pero el amor de Dios en toda su potencia no puede fluir de un corazón de piedra sin hacerlo polvo. Es doloroso cuando sale un potente río de un corazón de piedra. Quebranta el corazón. Como creyentes necesitamos un corazón blando y tierno, de carne, flexible y amoldable para amar. En potencia lo tenemos, según la profecía de Ezequiel, pero en la práctica, muchos de nosotros estamos muy lejos de tenerlo, porque nunca hemos hecho el cambio.

Un corazón de piedra ama interesadamente, a diferencia del corazón de Dios que ama con un amor que no depende de nada. No se disipa. Aguanta todo lo que le echas. No está mezclado con egoísmo, no exige correspondencia, no se enfada. No funciona en base a pasiones y deseos carnales. Está lleno de compasión, comprensión, aceptación, y poder. Da vida por donde quiera que fluya.

Querido Dios, ayúdame a no manipular aquello que es santo. Amado Jesús, amar con tu amor, teniendo un corazón de piedra, es doloroso. Dame un nuevo corazón de carne para amar con amor puro, sin carnalidad, sin una mezcla del viejo y el nuevo, sin egoísmo, sin exigir nada a cambio, sin utilizar a la persona para mis propósitos; dame un corazón como el tuyo. Amén.

Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.