“Él le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo” (2 Reyes 6:16, 17).
Lectura: 2 Reyes 6:8-16.
El rey de Siria hacía guerra contra Israel, pero estaba frustrado, porque todos sus planes de guerra más secretos estaban llegando a oídos del Rey de Israel. Uno de sus siervos le dijo que el profeta Eliseo era el informador, pues Dios se los revelaba, y él daba aviso al rey de Israel. Para el rey de Siria, solo había una cosa que hacer: matar a Eliseo. Así que, mandó un ejército a sitiar la ciudad donde el profetaba estaba para matarlo. El siervo de Eliseo vio el ejército y entró en pánico. “Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah señor mío! ¿Qué haremos?” (6:15). Entonces es cuando Eliseo dijo: “No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos”. El profeta oró y pidió que Dios abriese los ojos de su criado para ver el gran ejército de Dios que los respaldaban. Ni hace falta decir quién ganó.
Detrás de todas las historias de Israel hay grandes lecciones espirituales. Nosotros estamos en guerra contra un poderoso ejército espiritual: “No tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Ef. 6:12). El enemigo es temible. Ya lo hemos mirado bien. Es hora de que veamos al ejército que lucha a nuestro favor. Es el mismo que rodeaba a Eliseo para protegerlo. Al igual que él, el lugar donde estamos está “lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego” para defendernos. Los que están con nosotros son muchos más que los que están en contra. Si Dios abriese nuestros ojos podríamos verlos, pero no lo hace, porque dependemos directamente del Señor, no de sus ángeles. Si los viésemos, tendríamos la tentación de adorarlos, porque ¡son imponentes! Están a la disposición del Señor para servirnos a nosotros.
El Señor Jesús, el Príncipe del ejército de Jehová (Josué 5:13-15), lidera un vasto ejército que lucha a nuestro favor contra el ejército de Satanás. Jesús está por encima de toda autoridad, como nos dice el apóstol Pedro: “Jesucristo, habiendo subido al cielo está a la diestra de Dios; a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Pedro 3:21, 22). Él es quien determina el resultado de todo conflicto. Siempre ocurre lo que más beneficio traerá al Reino de Dios, si es por medio de nuestra vida, o por nuestra muerte. Eliseo se escapó de la muerte. Pedro fue librado de la cárcel y la muerte en una ocasión, pero puesto a muerte finalmente. Esto no fue porque perdió el ejército del Señor, sino porque esta es la muerte que Dios tuvo determinada para él desde el principio, tal como Jesús le explicó: “Cuando ya seas viejo, extenderás tus manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Esto dijo, dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios” (Juan 21:18, 19). Sus verdugos solo eran instrumentos en manos de Dios para ejecutar aquella muerte que glorificaría a Dios. El gran apóstol entró por los portales del esplendor habiendo terminado con éxito la misión de Dios para su vida.
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