UNA IGLESIA QUE FUNCIONA

“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:46, 47).  

Lectura: Hechos 2:43-47.

            Esto es tan hermoso que lo vamos a leer otra vez: “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. Esto es lo que deseamos para nuestras iglesias. ¿Cómo llegaron a este estado tan feliz? Por lo que está descrito anteriormente: “Perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (2:42). No estamos hablando de cultos, sino de un estilo de vida. Es una vida de amor y misericordia, atendiendo a las necesidades de los pobres de la congregación, estando juntos en el templo, en las casas, comiendo juntos, perseverando juntos en la doctrina de los apóstoles y en la comunión unos con otros. Engloba todo. No es cuestión solo de obra social, o de estudio bíblico, o de orar juntos, o de tener comunión los unos con los otros, sino que es todo esto junto.

            ¿Para qué hacer una obra social juntos si no atendemos a las necesidades de los de la misma congregación?  ¿Para qué estudiar la doctrina de los apóstoles si no vamos a atender a los pobres como los apóstoles lo hacían? ¿Para qué comer juntos si no es reflejo de una profunda unidad? ¿Y para qué orar juntos si no hay comunión entre nosotros? Algunos quieren celebrar la mesa del Señor exactamente como lo hacían los primeros discípulos, pero, si no se hace tal como ellos mismos quieren, se molestan. ¿Dónde está la unidad, en hacer el rito correctamente, o en escuchar la doctrina apostólica juntos, o en participar de la mesa del Señor juntos, o en todo? No hay comunión entre nosotros si no resolvemos las diferencias que nos separan en seguida que se presentan.

            Vivir con esta intensidad de comunión requiere que cada miembro del grupo ande en el Espíritu de humildad y amor. Requiere respeto para el liderazgo, y un liderazgo lleno de amor y humildad que sepa arreglar diferencias. La unidad viene del Espíritu Santo, de andar en Él y permitir que nos vaya cambiando a la medida que nos enseñe las cosas que no funcionan bien con nosotros. Mantener la relación con el Espíritu Santo es clave para mantener la relación los unos con los otros: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos” (1 Juan 1:7, 8).  

            El resultado del conjunto de estos factores es mucho gozo, alabanza a Dios, buen testimonio con la gente alrededor nuestro, y la salvación de otros. Nosotros estamos bien, Dios recibe nuestras alabanzas, los demás nos respetan y el testimonio de todos da el fruto de la conversión de los que han de ser salvos. ¿Qué más queremos?    

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