“Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa” (Juan 10:11, 12).
Lectura: Juan 10:10-15.
Aquí en este pasaje tenemos a cuatro personas simbolizadas por el pastor, el asalariado, el lobo y las ovejas.
“El buen pastor su vida da por las ovejas”. El texto lo dice dos veces (10:11, 14). Las ovejas le son propias. Conoce a cada una por nombre. Se siente responsable por ellas. Las protege. Las lleva a buenos pastos. Ve venir al lobo y las defiende con su propia vida. Ha venido “para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.
El asalariado es bien diferente. Las ovejas no son suyas. Ellas no le importan. Le importa solo él mismo. Cuando ve venir al lobo, huye para salvar su propia vida y deja libre al lobo para que haga lo que quiera con las ovejas. Hay dos cosas que le interesan: el dinero y su seguridad.
El lobo, que es el diablo, es el enemigo natural de las ovejas. Viene para robar, matar y destruirlas. Él es malo y el asalariado es malo, pero este no sabe que está colaborando con el diablo. Piensa que está trabajando para sí mismo, pero viene a ser lo mismo. El lobo dispersa a las ovejas.
Las ovejas: Oyen la voz del buen pastor (10:3, 4, 16), la reconocen y la obedecen. Confían en Él y lo siguen. Saben que les irá bien si están con Él. Las ovejas son indefensas. Su defensa es estar juntas, unidas. Si están juntas cuando el lobo ataca, lo más seguro es que irá a por otra ¡y no a por mí! Los más vulnerables son los corderos. El lobo va a por ellos porque son presa fácil para él. Los corderos están protegidos como parte del rebaño. Dispersados son totalmente vulnerables y no sobrevivirán.
El pastor de la iglesia defiende a las ovejas a gran coste personal. Ve venir al lobo y se esfuerza por mantener unida a la congregación. El problema no es la doctrina, sino la unidad. Hay un gran rebaño de todas las ovejas. Las divisiones y denominaciones se forman muchas veces por cuestiones doctrinales. Las diferencias doctrinales dividen, porque “el conocimiento envanece, mientras que el amor edifica” (1 Corintios 8:1). La unidad consiste, no tanto en tener la misma doctrina, como en pertenecer al mismo Señor, quien es la verdad, pero también el amor. Cualquier persona que conoce y ama al Señor es mi hermano, no importa de qué denominación proceda. Somos del mismo rebaño. Podemos discrepar sobre algunos puntos de doctrina y, aun así, estar unidos en amor. O podemos tener exactamente las mismas doctrinas, pero estar divididos por falta de amor.
“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor” (10:16). El rebaño completo está compuesto por todos los creyentes, de todos los países, de todas las épocas de la historia, desde Abel hasta el presente. Cuando vuelva el Señor nos pondrá a todos juntos con Él en un hermoso y gran rebaño, ya con buenos pastos para siempre.
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