“Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47).
Lectura: Hechos 2:43-47.
La meta de la iglesia es ver conversiones. Si no hay gente que se vaya convirtiendo como resultado de nuestro testimonio, algo anda mal. El Señor Jesús prometió que edificaría su Iglesia. Por eso ha dejado a los cristianos en el mundo después de su conversión, para que formen parte de una iglesia dinámica que crece por medio de las conversiones de la gente de fuera que ve nuestro testimonio como iglesia. Aquí en este pasaje tenemos siete cosas que trabajaban juntas para llegar a esta finalidad. Vamos a mirarlas:
- Los creyentes se dedicaban a la enseñanza de los apóstoles y la comunión con ellos. Independientemente de la traducción que usemos, lo evidente es que los apóstoles estaban vivos y lideraban la iglesia. Enseñaban lo que habían aprendido de Jesús y tenían comunión con todos los nuevos creyentes.
- Celebraban el partimiento del pan frecuentemente y oraban todos juntos. En la mesa del Señor, celebraban la muerte y resurrección de Jesús que acababa de ocurrir. Lo tenían fresco en sus mentes y estaban sacudidos profundamente con lo que Dios acababa de hacer. Estaban esperando su retorno. Celebraban y buscaban su obra milagrosa por medio de la oración.
- Los apóstoles hacían milagros y la gente de la calle los veían y tenían gran temor de Dios. Esto ocurre en otros países, pero no en Europa porque no creemos en esto. En países donde se cree, ocurre.
- Su conversión había afectado a sus finanzas. Su entrega a Dios para su salvación abarcaba su dinero y sus bienes materiales. Compartían con las necesidades económicas de los pobres del grupo.
- Pasaban tiempo juntos. Se querían. No pasaban tiempo para comer demasiado o hablar de cosas banales, sino para hablar de las cosas de Dios y lo que el Señor estaba haciendo en medio suyo.
- Comían juntos con alegría y sencillez. El propósito no era comer, más bien era de estar juntos para adorar a Dios y dar testimonio y aprender y compartir experiencias vividas con el Señor, y lo de comer era una necesidad física a la cual atendían con moderación.
- Alababan a Dios, no como rutina, ni porque les gustaba la música. Puede que ni siquiera fuese con música, sino alabanza por medio de la oración. Estaban maravillados al ver lo que Dios hacía.
Todo esto resultaba en conversiones. Tenían muy buena fama con la gente de fuera. No podían negar los milagros que veían, y muchos se convertían. Así es como la iglesia crecía. Tenemos el mismo Señor, la misma fe, y la misma esperanza. Que Dios haga en nosotros lo necesario para que se repita la misma experiencia.
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