LA VIDA DE FE (1)

“… Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4: 17).

Lectura: Rom. 4: 16-21.

¿A veces te viene el pensamiento de que eras más espiritual hace unos años que ahora, que has perdido terreno? ¿Antes te acercabas a la Palabra con más ilusión, u orabas con más fervor, o tu esperanza para el futuro era más brillante? ¿Tienes la sensación de que el Señor estaba más cerca, o que estabas más llena del Espíritu? ¿Qué pasó? No sabes. No obstante, el Señor se encarga de restaurar nuestra alma. Yo llevaba una temporada así, con un poco de añoranza, sin saber cómo remediarlo, cuando, de repente, el Señor me dio alas. Vino por la lectura de Romanos 4, sobre la fe de Abraham, y el recuerdo de cómo yo vivía largos años de esta manera cuando estaba esperando la conversión de mi hija, y cómo pensaba y oraba como Abraham. Fue la misma Palabra la que me llevó otra vez a esta manera de vivir, a la vida de fe, es decir, la vida de creer lo imposible.

El texto que me volvió a introducir en la vida de fe es este: “(como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17). La vida de fe es creer en un Dios que levanta a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen, y hace que lleguen a existir. No solo es cuestión de creer que Dios puede levantar muertos, es creer que lo hará, que levantará a tus muertos espirituales y que les dará vida, y serán salvos. Una cosa es orar por tu hijo para que sea salvo, y otra cosa es creer, a pesar de todo lo que vean tus ojos, que Dios lo va a salvar, y, con los ojos de la fe, verlo ya salvo. Lo crees porque Dios te lo ha prometido y tu fe recibe la promesa y lo da por hecho, aunque aún no ha transcurrido. Esto es lo que hizo Abraham.      

Abraham “creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó por incredulidad, de la promesa de Dios” (Rom. 4:18, 19). Ya se presentarán las dudas. Verás que tu hijo, pongamos, se aleja cada vez más de Dios, que no quiere saber nada, que van pasando los años y no ocurre nada, pero tu fe sigue creyendo y reclamando las promeses. Esto es fe. Es fe basada netamente en lo que ha dicho Dios.

La fe y la obediencia van cogidas de la mano. Cuando Abraham estaba a punto de sacrificar a Isaac, con el cuchillo en la mano, lo alzó creyendo que Dios iba a resucitar a su hijo a continuación de su muerte para poder cumplir las otras promesas que Dios le había dado en cuanto a él. Esto es fe. Abraham tuvo fe cuando creía que Dios le iba a dar un hijo y era imposible por su edad, por la edad de su mujer, y por la esterilidad de su mujer, por tres motivos, pero a pesar de toda la evidencia, creyó. Y después lo ofreció a Dios creyendo que Dios lo iba a resucitar. Esto es más que creer en un momento dado, es creer durante años cuando parece cada vez más imposible. Es ver lo espiritual más real que lo físico. …/…

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