“… para la [descendencia] que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son como si fuesen” (Romanos 4:16, 17).
Lectura: Romanos 4:13-21.
Esta porción de las Escrituras nos lleva al corazón de cómo Dios funciona. Dios hace todo por fe, y en respuesta a nuestra fe. Dios le prometió un hijo a Abraham, y no solo esto, sino que también que sería el padre de muchas naciones y que heredaría al mundo, y Abraham mantuvo la certeza de que sería así a pesar de la debilidad de su cuerpo, la esterilidad y la vejez de Sara su mujer. No dudó, ni por la imposibilidad de estas cosas, ni por incredulidad propia, “sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido” (4:20, 21). Si estamos pensando en lo que estamos leyendo, estas palabras nos tienen que llegar a la médula. Dios quiere que tú y yo creamos lo imposible, si Dios nos lo ha prometido.
Este es uno de los textos que Dios me dio para enseñarme cómo orar por mi hija cuando estaba lejos de Dios. Hemos de orar estando “plenamente convencido(s) de que es también poderoso para hacer todo lo que ha prometido”. Se puede dudar por la imposibilidad de las circunstancias, es decir, por lo que vemos, o a causa de nuestra propia incredulidad. Claro, si dudamos, no recibimos nada. Pero si creemos, sí, como dijo Elisabet a María: “Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lu. 1:45). La oración es para pedir, recibir la promesa, y creer. “Y esta es la confianza que tenemos en él, que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:15, 16). Estas pocas palabras dan un resumen de todo lo que es la oración a favor de otros.
Hay dos cosas que hemos de recibir por fe al orar por las personas que Dios ha puesto en nuestra vida. Una, que se convertirán los que no conocen al Señor. Entre ellos hay algunos que parecen muy imposibles de salvar. Están muy perdidos en el mundo y muy duros de corazón. Pero tenemos que entender que no hay más imposibles que otros, que todos los que no conocen al Señor están igualmente muertos, pero que Dios es el que “da vida a los muertos”. Dios es el que “llama las cosas que no son, como si fuesen”, o sea, llama salvos a los que aún no lo son, porque sabe que lo serán, y en la eternidad donde Dios mora, lo son. La segunda cosa que tenemos que pedir y recibir por fe, es el carácter de los que conoces que tiene deficiencias. El carácter perfecto es el descrito en las bienaventuranzas: humilde, contrito, manso, justo, misericordioso, puro, pacífico y sufrido (Mateo 5:3-10). No les prediques, ora. Ora mucho. Y recibe en cambio un carácter santificado en este hermano por quien has orado.
Tenemos mucho trabajo por delante. ¡Que el señor nos encuentre diligentes!
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