YA, Y TODAVÍA NO

    

“Nada dejó que no sea sujeto a él; pero todavía no vemos que todas las cosas le sean sujetas” (Heb. 2:8).
 
            Hay algunas verdades espirituales que son absolutas desde el punto de vista de Dios, pero no son verdad en toda su plenitud para nosotros todavía. Somos nuevas criaturas en Cristo, pero no somos totalmente nuevos todavía, y no lo seremos hasta que Cristo vuelva; todavía tenemos restos de la carne. Somos perfectos en Cristo, pero todavía no somos perfectos. Cristo nos es hecho sabiduría, pero todavía no somos absolutamente sabios; erramos. En Cristo somos justos, pero todavía pecamos. No obstante, Dios nos ve absolutamente justos. Estamos en Cristo, pero todavía estamos en la carne. Nuestra nueva naturaleza no puede pecar, pero la vieja, sí.
 
            Cristo está por encima de toda autoridad, poder y dominio, y todo está bajo sus pies, pero su soberanía todavía no se ha manifestado en toda plenitud. Él es la cabeza de la Iglesia; nosotros no los somos, somos el cuerpo. El que tiene toda autoridad, poder y dominio es la Cabeza, no el cuerpo. El cuerpo es sujeto a la Cabeza; la Cabeza decide. El cuerpo obedece y acepta lo que la Cabeza decreta; el cuerpo no decreta nada.
 
            En la oración, no puedo determinar y declarar lo que va a pasar. Lo que tengo que hacer es buscar la voluntad de Dios, y en mi búsqueda no siempre acierto, porque no tengo sabiduría absoluta. Puedo ser engañada por mi carne, por el maligno, o por mi conocimiento incompleto. Por ejemplo, sabemos que un día caerá el régimen comunista de Corea del Norte, pero no puedo decretar que caiga mañana a las 8h. Esto lo determina Dios. Cristo está sujeto a Dios Padre en el orden divino (1 Cor. 11:3). El que determina lo que va a pasar es Dios Padre, no Cristo. Cristo tiene autoridad sobre la enfermedad, pero yo no. No puedo resucitar a un muerto; Él, sí. No puedo declarar que fulano de tal se va a sanar, a no ser que Dios me lo haya revelado y lo haya recibido correctamente, sin ser engañada por mis buenos deseos. Yo puedo declarar que Cristo edificará su iglesia, porque esto nos ha sido revelado, pero no puedo declarar que cierta iglesia será edificada, porque si no se arrepiente, el Señor quitará su candelero.
 
            En Cristo tengo autoridad sobre demonios, pero ellos pueden molestarme, si Dios lo determina, como en el caso el Pablo (2 Cor. 12:7-10). Pablo no ató al mensajero de Satanás. Pidió, pero no consiguió lo que pidió. Pablo tenía autoridad en Cristo sobre los demonios, pero el que determina lo que Satanás puede hacer o no es Dios, no Pablo, ni yo. Pablo sacó el demonio de la muchacha, Satanás lo metió en la cárcel, y Dios abrió las puertas de la cárcel, no Pablo (Hechos 16). Lo que nos protege es la humildad, es reconocer nuestras limitaciones, impotencias e imperfecciones. El orgullo fue la caída de Satanás. La humildad es nuestra salvación y protección (2 Cor. 12:7). Jesús nos enseñó a orar: “Líbranos del maligno” (Mat. 6:13). Nosotros no le mandamos; pedimos al Padre que nos libre de él, de sus planes para mal, de sus ataques y de su engaño. 
 
            Cristo está por encima de toda autoridad y yo estoy en Él, pero yo no estoy por encima de todas las cosas, porque todavía estoy con las limitaciones de la carne. Me regocijo en la autoridad de Cristo, como parte de su cuerpo, y acepto las decisiones de la Cabeza. Y la Cabeza se sujeta al Padre, a quien sea toda la gloria. Amén. 

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