“Aunque ande en valle de sombra de muerte” (Salmo 23:4).
Lectura: Salmo 23:1-6.
Un himno del siglo XVII habla del valle sombrío que atravesamos señalando todas las ayudas provistas por Dios para sostenernos hasta llegar a su Casa. Dice así:
Por la noche de duda y duelo, adelante persigue la compañía peregrina cantando himnos de expectación en camino a la tierra prometida. Delante brilla el foco guiándolos; hermano toma la mano de hermano caminando valientes por la oscuridad.
Una es la luz de la presencia de Dios sobre su pueblo redimido, despejando la oscuridad y el terror, marcando el sendero; uno es el objeto de nuestro viaje, una la fe que nunca se cansa, una la anticipación, una la esperanza que Dios inspira.
Una la canción de miles, elevada como de un solo corazón; uno el conflicto, uno el peligro, una la marcha comenzada en Dios; uno el gozo del regocijo en la orilla distante, donde un Padre omnipotente reina en amor eternamente.
¡Adelante pues, hermanos peregrinos, adelante con la Cruz! Lleva su vergüenza, lucha sus batallas, hasta que descansemos bajo su sombra. Pronto vendrá el gran despertar, pronto se abrirán las tumbas, huirán las sombras y darán paso al eterno día de Dios.
Bernhardt Severin Ingemann, 1789-1862
El Salmo 23 es trinitario. Tenemos a Jesús, nuestro Pastor, la unción del Espíritu Santo y la casa del Padre. Aparece la Palabra de Dios servida en la mesa de banquete. Pero en las sombras se esconde la presencia maléfica del enemigo. Bajo sus ataques Dios alimenta y alienta a sus hijos a través de su Palabra. Nos guía por sendas de justicia por amor de su Nombre, no por amor del nuestro, sino por amor del suyo; contamos con una dirección segura. Nos guía por sendas de justicia, ayudándonos a tomar decisiones moralmente correctas. Caminamos por estas sendas mientras todo el rato estamos fijos, permaneciendo en su Casa, viviendo en su presencia.
El enemigo está muy presente, pero Dios nos da descanso, consuelo y dirección en su misma presencia. Como David, fuimos hechos para la batalla. La lucha es necesaria para purificar nuestra fe y enseñarnos el amor de Dios. La mejor versión de David salió cuando estaba siendo perseguido por Saúl. Él fue hecho para el campo de batalla. Cuando eludió la batalla cayó en pecado con Betsabé. Tus mejores años serán los de sufrimiento cuando, más que nunca, estás agarrado al Señor, caminando paso a paso en la oscuridad con Él. Dios prepara una mesa delante de nosotros en presencia de nuestros enemigos. Aunque tengamos al enemigo cerca, Dios nos alimenta. Sitiados por el diablo mismo no morimos de hambre.
En nuestro peregrinaje nada nos falta. Alguien dijo: “Todo lo necesario me lo envía, y nada de lo necesario me lo retiene.” Después del desgaste de un gran sufrimiento, Dios restaura nuestra alma. Con toda suavidad y ternura, nos devuelve al lugar de paz y alivio, de descanso tranquilo en Él.
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