“Porque es preciso que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte. Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todos” (1 Corintios 15:25-28).
Lectura: 1 Cor. 15: 20-26.
1 ¡Alégrense, el Señor es Rey! Adoren a su Señor y Rey;
los mortales dan gracias y cantan, y triunfan por siempre;
¡Alcen su corazón, alcen su voz!
¡Alégrense, de nuevo les digo, alégrense!
2 Jesús, el Salvador, reina, el Dios de verdad y amor;
cuando purificó nuestras manchas, tomó su asiento en lo alto;
¡Alcen su corazón, alcen su voz!
¡Alégrense, de nuevo les digo, alégrense!
3 Su reino no puede fallar, él gobierna tanto la tierra como el cielo,
las llaves de la muerte y el infierno son dadas a nuestro Jesús;
¡Alcen su corazón, alcen su voz!
¡Alégrense, de nuevo les digo, alégrense!
4 Él se sienta a la diestra de Dios hasta que todos sus enemigos se sometan,
se inclinen a su mandato y caigan bajo sus pies;
¡Alcen su corazón, alcen su voz!
¡Alégrense, de nuevo les digo, alégrense!
5 ¡Alégrense en la gloriosa esperanza! Jesús el Juez vendrá
y llevará a sus siervos a su hogar eterno.
Pronto oiremos la voz del arcángel;
sonará la trompeta de Dios, ¡regocíjense!
Charles Wesley, 1707-88
¡Qué bueno es empezar la mañana con un himno como este! Nos da motivos para alegrarnos que no pueden fallar. Podemos estar pasando un mal momento, pero cuando ponemos nuestra atención en las cosas eternas que Dios ha decretado, nos levanta el ánimo. El Señor Jesús resucitado anunció que: “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18). Ascendió al cielo victorioso y el Padre le entregó el reino: “Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, gloria y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirviesen; su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido” (Daniel 7:13, 14). La cuarta estrofa del himno hace referencia a ello, y la quinta a la venida del Señor: “Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego los que vivimos… seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 4:16, 17). ¡Regocijémonos!
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