“Jehová Dios nuestro, tú les respondías; les fuiste un Dios perdonador, y retribuidor de sus obras” (Salmo 99:8, RV60).
“Oh Jehová Dios nuestro, Tú mismo les respondías, fuiste para ellos un Dios perdonador, aunque vindicador de sus delitos” (Salmo 99:8, BTX3).
“Oh Señor nuestro Dios, tú les respondiste; para ellos fuiste Dios perdonador, pero los castigaste cuando se desviaron” (Salmo 99:8, NTV).
Lectura: Salmo 99:1-9.
Este salmo está analizando cómo es nuestro Dios. El énfasis está puesto en su santidad. Tres veces repite la frase: “Él es santo” (99:3, 5, 9). El trono de Dios está fundado sobre la santidad y la justicia. “¡El Señor es Rey! ¡Que tiemblen las naciones! Está sentado en su trono, entre los querubines. ¡Que se estremezca toda la tierra!” (99:1. NTV). “Dios es grande y temible” (99:3). En este contexto de su santidad, Dios trata con el pecado: “Rey poderoso, amante de la justicia, tú has establecido la imparcialidad. Has actuado con justicia y con rectitud en todo Israel” (99:4). En principio, nos gusta la idea de que Dios sea santo y justo e imparcial en sus juicios, aunque, esto es, hasta que nos llega a nosotros. ¡Queremos que sea justo con el pecado de los demás, pero misericordioso con el nuestro! No obstante, como hemos dicho, Dios es imparcial: “Rey poderoso, amante de la justicia, tú has establecido la imparcialidad. Has actuado con justicia” (99:4, NTV). La justicia exige que suframos las consecuencias de nuestros actos.
La justicia de Dios es lo que vemos reflejado en el versículo que encabeza nuestra meditación: “Oh Jehová Dios nuestro, Tú mismo les respondías, fuiste para ellos un Dios perdonador, aunque vindicador de sus delitos”. La buena noticia es que Dios perdona nuestros pecados cuando los confesamos. La mala noticia es que sufrimos las consecuencias en nuestra vida ahora. Si somos imprudentes, por ejemplo, al conducir, podemos tener un accidente. Dios puede perdonar nuestra imprudencia, pero el coche queda estropeado. Dios puede perdonar el pecado de una mujer infiel a su marido, pero todavía puede quedarse embarazada.
Dios es justo en los castigos. Siempre son para nuestra corrección y disciplina. Y sus castigos vienen mitigados por su misericordia. Las consecuencias de nuestro pecado son las lógicas, y pueden ser duras, pero nos benefician a la larga: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Heb. 12:11). Tenemos que reconocer que el castigo es justo; no somos las víctimas del azar. Lo cierto es que estos castigos son justamente lo que necesitamos para poder enderezarnos. Contribuyen a nuestra santificación: “Yo solía desviarme, hasta que me disciplinaste; pero ahora sigo de cerca tu palabra… El sufrimiento me hizo bien, porque me enseñó a prestar atención a tus decretos… Señor, sé que tus ordenanzas son justas; me disciplinaste porque lo necesitaba. Ahora deja que tu amor inagotable me consuele, tal como le prometiste a este siervo tuyo. Rodéame con tus tiernas misericordias, para que viva, porque tus enseñanzas son mi deleite” (Salmo 119:67, 71, 75-77, NTV). Amén.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.