REVELACIÓN Y CONFIRMACIÓN (1)

    

“Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo, Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mat. 16:15-17).
 
Lectura: Mat. 16:21-23.
 
            Algunos pensarán: ¡Qué pregunta más fácil hizo Jesús! Todo el mundo sabe que Jesús es el Hijo de Dios. Pero ¡qué va!, nadie lo sabía. Jesús parecía una persona normal. Solo con el tiempo y la convivencia los discípulos iban descubriendo que Jesús era más que un hombre cualquiera. Cuando Pedro contestó bien la pregunta e identificó a Jesús, el Señor le dijo que no lo sabía porque era evidente, sino porque su Padre se lo había revelado. Pero luego Jesús confundió a Pedro diciéndole que el Cristo tenía que ser crucificado. Pedro pensaba que tenía que reinar como Rey de Israel.
 
            Pensábamos que sabíamos algo de la Biblia, o de Dios, o de Jesús, y luego entra más información que no cuadra con lo que pensábamos que sabíamos. Es muy difícil para nuestra fe. Dios está ampliando nuestro conocimiento, pero dudamos de la nueva información. ¿Será cierta? Dios aclara estas confusiones. Jesús llevó a Pedro al monte de la transfiguración y allí vio con sus propios ojos la gloria de Jesús y sabía que estaba en lo cierto cuando dijo que Jesús era el Hijo de Dios. También le fue confirmado por la voz del Cielo que dijo: “Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia; a él oíd” (17:5). Entonces quedaba patente quién era Jesús. Pedro lo sabía porque Dios se lo reveló, y porque Dios se lo confirmó a viva voz.
 
Esto es lo que Pedro nos dice en su epístola, que sabía que Jesús era el Cristo por dos vías: porque vio su gloria cuando estaba en el Monte de la Transfiguración, y porque oyó la voz de Dios que lo confirmaba. Dice que no había inventado la doctrina de que Jesús era el Hijo de Dios, “sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada desde la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo cuando estábamos con él en el monte santo” (2 Pedro 1:16-18).
 
Pues, ya sabía quién era Jesús, pero ¿que el Mesías tuviese que ser crucificado? ¿Cómo se sabe que Jesús no se equivocó con su comprensión de su misión como Mesías? Por las Escrituras. Pedro nos lo explica: “Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos” (1 Pedro 1:10, 11). ¡Muy interesante! Esto es justo lo que Pedro dice en su segunda epístola. Lo que confirma lo que creemos y predicamos son las profecías del Antiguo Testamento: “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Pedro 1;19). Dios revela y confirma.

 

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