PARA QUE UNA PERSONA SEA SALVA

    

“Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación” (Romanos 10:1).
 
En este capítulo, Pablo vuelve a la cuestión de la salvación de Israel. Todo lo que escribió acerca de la elección de Israel y la justicia de Dios al mostrar misericordia a quien quiere no ha cambiado el anhelo del corazón de Pablo, ni ha hecho que dejase de orar por ellos. Algunos piensan que Dios salvará a los que ha determinado salvar, y, por tanto, que sus oraciones no le pueden influenciar ni hacer cambiar su soberana voluntad, pero Pablo evidentemente no pensaba así, ni se consolaba con estos pensamientos, porque seguía orando por la salvación de Israel.
 
            Tampoco creía que la voluntad del hombre no entra en la ecuación, porque a continuación explica que la persona tiene que poner su fe en Cristo si quiere ser salva: “Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (10:8, 9). Pablo predica porque cree que la gente puede poner su fe en Cristo: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (10:10).
 
            Así que las cosas son complejas. En cuanto a la salvación de un alma, entra la eterna elección de Dios (9:11), la oración del que intercede a su favor (10:1) y la fe de la persona misma. Pablo habla de “la justicia que es por la fe” (10:6) y dice: “con el corazón se cree para justicia” (10:10). Y también entra la predicación del evangelio: “¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (10:14). Dios no salva al que ha elegido al margen de la fe de la persona, y la persona no puede creer a no ser que le prediquen el evangelio. El que piensa que Dios salva a quien quiere a pesar del factor humano, no ora ni predica. Espera que Dios lo haga todo. No ha comprendido que la salvación procede de la soberanía de Dios, pero también de la responsabilidad humana: hace falta alguien que predique el evangelio y hace falta que la persona ponga su fe en Cristo. Cuando oramos estamos afirmando que Dios puede tocar un corazón para conducir a la persona a la fe, y cuando predicamos el evangelio estamos afirmando que creemos que la persona es responsable delante de Dios para tomar una decisión.
 
            Hay cosas que pueden romper la resistencia de una persona que no quiere creer. Dios tiene muchos recursos. A la hora de ordeñar las vacas, el animal tiene que moverse hasta el establo. Algunas no quieren. Prefieren estar pastando. Pero cuando el perro se les pone detrás y ladra, saben que, si no se mueven, les morderá, ¡así que deciden moverse! Es una decisión libre por su parte, ¡pero ya están motivadas! Se cuenta la historia de un hombre que resistía la predicación del evangelio. Lo había oído explicado con insistencia y con mucha claridad, pero no hacía caso, hasta que un día, cuando estaba sentado con un grupo de amigos en un bar, ¡de repente todos ellos se convirtieron en esqueletos! La visión solo duró unos segundos, pero surtió efecto: ¡se convirtió! No sabemos lo que Dios usará para llevar a nuestros amigos y familiares a doblarse ante Él, pero seguimos orando y predicando. Al tiempo señalado cosecharemos, si no desmayamos (Gal. 6:9).  

 

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