DOLOR POR ISRAEL

    

“Tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón, porque deseara yo mismo ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos, los que son mis parientes según la carne” (Rom. 9:2, 3).
 
Lectura: Romanos 9:1-5.
 
            Pablo aquí expresa sus profundos sentimientos en cuanto la perdición de Israel. No tiene consuelo. Está sufriendo por el rechazo de Israel de su Mesías. Le causa tanta angustia que cambiaría de lugar con ellos e iría al infierno para que ellos pudiesen ser salvos. Está diciendo que abandonaría su lugar en el cielo para que ellos lo pudiesen ocupar y, a cambio, que él mismo iría al infierno, para estar siempre separado de Cristo.
 
            ¡Esto es amor! ¡Cuántas madres creyentes, frente a la posible condenación de un hijo, no han dicho lo mismo!, que sacrificarían su lugar en el cielo con tal que su hijo lo ocupase. Para ellas es inconcebible pensar en disfrutar de las glorias del cielo sabiendo que sus hijos estarán en el infierno. No es que amen más a sus hijos que al Señor, esto no; es que no pueden soportar la idea de que sus hijos se condenen. Los aman más que a su propia alma. Sacrificarían su propia salvación para que sus hijos la pudiesen tener. Es la expresión máxima de amor y angustia. Pero no hay trato. Dios no acepta las condiciones de este acuerdo, porque ya ha pagado el precio Él mismo por la salvación de todos los que quieran venir a Él por medio de Cristo. Pero toma nota de la angustia de estas madres, ve su corazón, e insiste con sus hijos. Dios puede poner circunstancias en su vida que los muevan hacia Cristo, pero no lo hará en contra de la voluntad de la persona; trabaja su voluntad para que libremente deseen ser salvos.
 
            Exactamente cómo Dios salva un alma es una misteriosa combinación de la voluntad del individuo, el poder de la convicción de pecado por parte del Espíritu Santo, la gracia de Dios, el sacrificio de Cristo, las intercesiones de otros creyentes y la eterna elección de Dios. Todo influye, cada cosa en su esfera. Cada escuela de teología tiene su énfasis particular, pero todas estas ideas forman parte del proceso de la salvación y no tenemos derecho a excluir ninguna de ellas.
 
            El caso de Israel da mucho sufrimiento a Pablo por el lugar tan especial que Israel ha ocupado en los propósitos de Dios: Israel es el primogénito de Dios y Él es el Padre de Israel; ellos han visto la gloria de Dios que ha llenado primero el Tabernáculo y posteriormente el Templo; Dios ha hecho pactos con Israel; a ellos les ha dado su ley, escrita por su propio dedo; ellos han tenido el sacerdocio y los sacrificios por el pecado; Dios les ha revelado sus promesas, sobre todo, la del Mesías; Dios les ha dado los patriarcas, y a Moisés, Josué, Samuel y David; y Cristo nació de su mismo linaje. Estos son ocho motivos poderosos que deberían haberles conducido a la fe en Cristo, pero en lugar de esto, han endurecido sus corazones, haciéndose aún más culpables, y la justicia de su condenación le produce al apóstol aún más dolor. Cuanto más privilegio, más culpable es la persona que rechaza al Salvador. El amor nuestro hacia la persona perdida es un vivo reflejo del amor de Dios.

 

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