LO QUE CONSIGUIÓ JESÚS

    

“Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros… santificaban para la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestra conciencia de obras muertas para que sirváis al Dios vivo” (Hebreos 9:13, 14).
 
Lectura: Heb. 9:11-14.
 
            Este pasaje es maravilloso. Explica lo que logró Jesús para nosotros. En el primer pacto, los sacerdotes ofrecían la sangre de animales y la llevaban dentro del Tabernáculo hasta la cortina que delimitaba la entrada a la presencia de Dios. Pero esta sangre no era sin su eficacia, porque conseguía la limpieza externa del hombre para que Dios pudiese recibirlo; cubrió su pecado de momento. Esto ya era mucho. Conseguía su salvación hasta que llegase el sacrificio que realmente lo hiciese aceptable delante de Dios. Y llegó Jesús. Él, como Sacerdote de los bienes venideros, entró en el verdadero Tabernáculo, el celestial, y en la presencia de Dios en el cielo rodeado de ángeles, y allí, mediante el Espíritu Santo presentó la ofrenda de su propia sangre que limpia hasta la parte más profunda del hombre, su interior, para que pudiese ser salvo y servir a Dios en santidad.
 
Vamos a repasarlo un poco más despacio. El argumento del autor de Hebreos es que, si la sangre de animales “salvaba”, cuánto más la sangre del Hijo de Dios. Lo que Cristo hizo no fue una mera ceremonia religiosa, sino la verdadera. En ella participó toda “la Trinidad”, para así entendernos. El Hijo, mediante el Espíritu Santo, se ofreció a Sí mismo al Padre. Jesús, como Sacerdote, no presentó su sangre en el Lugar Santísimo del Tabernáculo de Moisés, que más tarde fue el Templo de Jerusalén, sino en la gloriosa presencia del Padre en el Cielo. La presentación no se llevó a cabo en una ceremonia terrenal delante del trono de Dios de oro, cubierto por dos ángeles de oro, construido por artesanos humanos, sino delante de la real presencia de Dios en la eternidad, rodeado por millares de ángeles, en medio de la santa e impenetrable gloria shekinah de Dios en el Cielo. El Hijo, lleno del Espíritu Santo, presentó su sangre al Padre, una operación que se realizó en la impenetrable intimidad de Dios mismo, y que consiguió eterna redención. La finalidad de la obra de Cristo fue “limpiar nuestras conciencias de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo”. La limpieza es de lo más profundo de nuestro ser, y nos hace presentables delante de Dios eternamente. Hemos de entender lo que significa “servir a Dios”. Es mucho más que llevar a cabo un ministerio para Dios. Es más que ser maestro de la Palabra, o pastor de una iglesia, o evangelista. Es vivir para Dios en santidad. No servimos a Dios haciendo cosas para Él, sino siendo para Él. En el Templo de Jerusalén no había cultos, sino sacrificios. No había sillas en el Tabernáculo para sentarse y escuchar mensajes. Lo que Dios pide de nosotros es nuestro cuerpo, corazón y vida. Servir a Dios es vivir para Él en santidad todo el día, y todos los días de nuestra vida. Es leer y obedecer su Palabra, estar llenos del Espíritu Santo a fin de hacer para Él todo lo que hagamos. Es ir conociendo a Dios, amándolo y amando a otros por amor a Él. Este es nuestro culto a Dios (Rom. 12:1, 2). La ofrenda de Jesús nos hace perfectos para siempre para servir a Dios perfectamente todos los días de nuestra vida y eternamente. Es una salvación maravillosa.    

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