“Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado… Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad” (Salmo 32:1, 5).
Lectura: Salmo 32:1-5.
¿Qué relación tenemos con un hermano que no confiesa su pecado? En otra ocasión dijimos que las relaciones se mantienen por medio de decir la verdad, por confesar el pecado, por el perdón y por la restauración. Si la persona no reconoce su pecado, ¿qué? Sigue siendo hermano, pero ¿qué pasa con la relación?
Dios es nuestro modelo en estas ocasiones. ¿Qué hace Él cuando un creyente lo ha ofendido y no busca reconciliación con Él? No se desentiende de la persona, pero parece que se distancia un poco de ella. Vamos a mirar el caso de David. David nota el distanciamiento, pero no sabe por qué: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Salmo 32:3, 4). Pasó un año. Y luego mandó Dios a Natán a hablar con David. Natán le explicó la historia del hombre rico y la ovejita, pero ¡David no se dio por aludido! ¡Hizo falta que Natán le dijese: “Tú eres aquel hombre” (2 Sam. 12:7), para que se enterase! Entonces David se arrepintió y la relación con Dios se restauró: “Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado” (Salmo 32:5). Su confesión de pecado la tenemos en el Salmo 51. Esto nos enseña dos cosas: cómo nuestro pecado afecta a nuestra relación con Dios, y cómo una ofensa de otro afecta a su relación con nosotros, y cómo tratarlo.
Aplicándolo a nuestras relaciones:
- Cuando pecamos contra Dios, no debemos intentar encubrirlo, porque el pecado no queda cubierto (32:5 y 1). Con el hermano, tampoco podemos encubrirlo, como si nada, ni él, ni yo, porque así la relación no queda restaurada, y esta es la meta.
- Para que el perdón sea necesario tiene que haber habido pecado. Si pensamos que hemos pecado contra Dios, pero no es cierto, no hay perdón posible, porque no cometimos ningún pecado. Lo mismo pasa con el hermano, si pensamos que ha pecado, pero no ha pecado, tampoco podemos esperar una reconciliación por la vía del arrepentimiento. ¡Puede ser que la persona que tenga que pedir perdón sea yo por acusar falsamente al hermano de haber hecho algo malo!
- Cuando pecamos Dios espera. Nos da tiempo para trabajar en ello. Con el hermano podemos dejarlo un tiempo para que la persona reflexione. Si no reacciona, tenemos que hablar a las claras.
- Durante el tiempo de espera, la relación no está bien.
- Solo cuando ha habido confesión y perdón está restaurada la relación. La buena relación que tuvimos anteriormente no sirve para restaurar una relación dañada. David antes tuvo una relación preciosa con Dios, pero no sirvió de vale para que David pecase y quedase impune.
Justo en este contexto, en el contexto de las relaciones, Dios promete: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos” (Salmo 32:8). Gracias a Dios por ello. En esto descansamos.
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