PARA LOS DESCONSOLADOS

    

“Acerquémonos, pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).
 
Lectura: Heb. 4:12-16.
 
            ¿A dónde vamos con nuestras penas? A veces se acumulan para formar una carga aplastante que no nos deja vivir. Estamos tan tristes que la vida misma se hace penosa, y solo queremos escaparnos a la tierra de eterno día, y descansar. Hay un himno que reza: “Hay un lugar de tranquilo descanso, cerca del corazón de Dios. Un lugar donde las penas no molestan, cerca del corazón de Dios”. Job preguntó cómo llegar a este lugar, al trono de Dios, para encontrar alivio: “Respondió Job, y dijo: Hoy también hablaré con amargura; porque es más grave mi llaga que mi gemido. ¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo iría hasta su silla. Expondría mi causa delante de él, y llenaría mi boca de argumentos. Yo sabría lo que él me respondiese, y entendería lo que me dijera. ¿Contendería conmigo con grandeza de fuerza? No; antes él me atendería. Allí el justo razonaría con él; y yo escaparía para siempre de mi juez” (Job 23:1-7). Job encontró dicho lugar, y se encontró con Dios y la salida. El autor de la epístola de Hebreos nos invita al lugar. Lo llama el “trono de la gracia”. Allí encontramos el oportuno socorro. Pero el mero hecho de saber dónde acudir no nos alivia. Hemos de ir al trono de la gracia en oración y derramar nuestra alma allí delante de Dios, como lo hizo Ana (1 Samuel 1:15); y el Señor la atendió. El siguiente himno nos invita a tomar este paso:
 
Venid, desconsolados, dondequiera que languidezcáis;
venid al trono de la gracia, arrodillaos con fervor.
Traed aquí vuestros corazones heridos, expresad aquí vuestra angustia;
no hay penas en la tierra que el cielo no pueda sanar.

 
¡Alegría del desolado, luz del extraviado,
esperanza del penitente, inmarcesible y pura!
Aquí habla el Consolador, con misericordia, diciendo:
“La tierra no tiene penas que el cielo no pueda curar”.

 
Aquí ved el pan de vida; ved las aguas que fluyen
del trono de Dios, puras desde lo alto.
Venid al banquete preparado; venid, sabiendo siempre que
la tierra no tiene penas que el cielo no pueda quitar.

 
                                    Thomas Moore, 1779-1852, y Thomas Hastings, 1784-1872
 
Padre amado, acudo a tu trono de gracia y lo encuentro ocupado por mi Amigo y Salvador. Paro delante y me mira con comprensión. Entiende, porque ha pasado por este valle de lágrimas, conoce el desierto, sintió la furia de la tempestad, ha estado delante de la tumba, miró al endemoniado a la cara, tocó al leproso, cogió la mano de la que había muerto, puso su mano sobre la llaga, soportó la ironía de hermanos de sangre, oyó los gritos e insultos de sus enemigos, tuvo que dejar a su madre. Entre sollozos derramo mi pena delante de Él, mi angustia, mi desencanto, mi dolor, la injusticia, el abandono, la soledad, la añoranza, el hueco. Él los conoce porque ha estado allí conmigo, y porque los experimentó antes, en la cruz. Ahora estamos juntos; ¿y el dolor? ¿Dónde lo puso?    

 

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