LA CONCIENCIA, LA MENTE, LA MOTIVACIÓN (2)

    

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12).
Lectura: Ef. 4:1-6.
            El Señor Jesús obedeció las Escrituras porque salió de Él. Las amaba. Estaban escritas en su corazón y se deleitaba en ellas. No las cumplía porque el Padre lo obligase a hacerlo, o peor aún, porque su Padre le hiciese un lavado de cerebro. Jesús pensaba, oraba, buscaba la voluntad de Dios, la discernía y la obedecía. En una iglesia o un matrimonio donde te controlan y te mandan, no maduras. No llegas a tus propias decisiones. No aprendes a estudiar la Biblia por tu cuenta y obedecerla, ejerciendo tu propia voluntad.
            La sumisión es un acto de la voluntad de la persona que se somete. La esposa se somete a su marido porque sabe que debe y porque elige hacerlo, no porque su marido se lo imponga. Lo mismo pasa en la iglesia. Los miembros de la iglesia se someten al pastor o a los ancianos, dependiendo de la denominación en cuestión, como acto libre de su propia voluntad. 
            El Espíritu Santo es el que va llevando a las iglesias, dirigiendo sus decisiones y mostrándoles lo que hacen bien y lo que hacen mal, y en qué cosas deben cambiar (Apoc.2:7, 11, 17, 29; 3:6, 13, 22). Él establece la línea de la iglesia de acuerdo con las Escrituras. Donde Él está a sus anchas predomina el amor (Ef. 4:2). Él establece un espíritu de unidad en la iglesia en el vínculo de la paz (Ef. 4:3), protege a nuevos creyentes y a los niños de ofensas o conflictos que puede dañar su fe, y muestra cuáles son los conflictos doctrinales de poca monta que tenemos que dejar a la comprensión y conciencia de cada uno, y nos ayuda a discernir lo que realmente es importante.
            Hoy día algunas iglesias se abren al espíritu de este mundo, mientras otras se colocan en el otro extremo con tendencias sectarias. Una secta elimina la libertad de cada creyente; impone obediencia al líder, o, si no, la expulsión. En esta clase de iglesia hay un espíritu de temor a que, “si me equivoco, me sacarán fuera”. Un espíritu sectario pone a la gente en disciplina por menudencias. Se producen conflictos acerca de doctrinas secundarias. Juzgan, expulsan, o cortan la relación con las personas por cosas que tienen que ver con la conciencia del individuo, con su motivación, o su percepción de la voluntad de Dios. Hay un control rígido. Surgen discusiones acerca de la letra de la ley. En esta clase de iglesia se percibe una falta de perspectiva acerca de lo que realmente es importante. El ambiente es uno de juzgar, controlar, censurar, y a anular a la mujer. Se da más importancia a la ley que al amor. No se oye la voz profética.
            “Y, ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados. Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones. Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:8-10). Cada persona es vital, es un tesoro de Dios y debe ser respetada, valorada y escuchada. El apóstol nos enseña a cultivar todo lo bueno de cada miembro para el bien de la iglesia.    

   

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