“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:12, 13).
Lectura: Heb. 10:17-22.
Cuando entramos en una casa, percibimos el ambiente que hay en ella. Si hay tensión, desacuerdo, malestar, no tardamos mucho en percibirlo. Lo mismo pasa cuando entramos en una iglesia. Percibimos si se respira paz y tranquilidad en ella, o si hay un espíritu de control, legalismo, perfeccionismo y censura; o, al contrario, si hay un espíritu de desorden, caos, descontrol y descuido. Nuestro espíritu lo percibe. En una iglesia sana, el espíritu que debe presidir es uno de amor, amistad, aceptación, aprecio, ánimo y vitalidad. Debes poder entrar, sentarte y relajarte, porque te sientes en casa y te sientes acogido. Para que esto sea cierto, las relaciones entre los hermanos tienen que ser buenas. Tiene que haber libertad. Tienes que sentirte respetado y valorado.
Cuando el Espíritu de Dios preside hay unidad, pero no es una unidad por imposición o por control de los pensamientos. En el cementerio hay unidad de pensamiento; es porque nadie piensa. En ningún lugar de culto deben decirte cómo has de pensar. Esto quita tu humanidad. Te anula. Ni en el matrimonio, ni en la iglesia, ni en el gobierno de un país deben ejercer tal control sobre las personas que no estén libres para seguir sus propias conciencias, formar sus propias opiniones. Se debe instruir, esto sí, pero no juzgar al hermano en cuanto a su conciencia, pensamiento o motivación. Solo el Espíritu Santo por la Palabra de Dios “discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”. Nosotros mismos a veces no sabemos cuál ha sido nuestra motivación.
Hay un espíritu presente en ciertas iglesias que juzga a las personas por lo que piensan, cuando sus pensamientos no concuerdan con las ideas de la iglesia en cuestión. Las pone en disciplina por su motivación, o por seguir sus propias conciencias En cierta escuela bíblica, el primer día de clase te presentan con un libro de normas que tienes que firmar prometiendo cumplirlas todas, y no solo esto, sino que estás de acuerdo con todas ellas. No. No se debe controlar la mente o la conciencia de nadie. Si no estoy de acuerdo con una doctrina menor de la iglesia, me pueden pedir que la respete, y que no vaya causando divisiones en la iglesia, eso sí, pero lo que no me pueden pedir es que esté de acuerdo. Puedo estar en desacuerdo y mantener la boca cerrada y llevarme perfectamente bien con todo el mundo sin causar problema alguno.
Este espíritu de poner en disciplina a una persona, o cortar la comunión con ella, porque no está de acuerdo conmigo en mis conclusiones, afrenta al Espíritu de la gracia, no participa del amor de Cristo. Quita la libertad de las personas y no respeta que Dios está obrando en ellas poco a poco para darles cada vez más luz, dejándolas en sus manos. Debemos dejar lugar al Espíritu Santo y no meternos en su terreno. Dios ama, respeta y transforma a la persona sin anularla o controlarla. Todos hemos cambiado muchísimo, más allá de todo reconocimiento, pero no porque alguien nos haya obligado a cambiar nuestras convicciones, u opiniones, sino porque Dios nos ha dado luz. Cambiamos porque las Escrituras han alumbrado nuestras mentes en el tiempo de Dios.
Copyright © 2026 Devocionales Margarita Burt, All rights reserved.