MILAGROS Y FE

    

“También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Espíritu que descendía del cielo como paloma, y permaneció sobre él. Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:32-34).
 
Lectura: Lucas 7:18-23.
 
            A veces pensamos que, si tuviésemos milagros en nuestra vida, la fe sería más fácil en momentos difíciles, pero esto no es cierto. Nuestra fe no descansa en milagros, sino en Dios mismo, en su Palabra y en su carácter. Juan el Bautista ya había visto muchos milagros, pero a la hora de la prueba, en la cárcel, esperando la muerte injusta, no le sirvieron de apoyo para su fe. Necesitaba otra cosa.
 
            Vamos un poco más despacio. Juan tenía en su haber el milagro de la aparición de un ángel a su padre en el templo anunciando que su mujer iba a tener un hijo. Tuvo el milagro de que su padre Zacarías se quedase mudo y luego pudiese hablar cuando él nació.  Su padre tuvo el milagro del embarazo de su madre que resultó en su nacimiento. Juan tuvo el milagro de oír la voz de Dios hablándole del Espíritu Santo. Y tuvo el milagro de ver al Espíritu Santo descender sobre Jesús para equiparlo para su ministerio. Pero a la hora de la prueba, en la cárcel, siendo maltratado, estos milagros no le dieron la seguridad en la voluntad de Dios que le hacía falta. Esta seguridad le vino cuando Jesús le mandó la cita profética que el necesitaba oír que confirmaba que Él era el Mesías: “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, y los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio” (Lu. 7:22). Esta fue la respuesta a sus dudas: que Jesús sí que era y es el cumplimiento de la profecía de Isaías (Is. 35:5, 6) de que Jesús era el Mesías prometido. Con esta confianza pudo morir en paz este gran hombre de Dios, el mayor de los profetas.
 
            Este relato nos enseña que al final de la vida, cuando pensamos que estamos muy firmes, podemos tener pruebas muy fuertes, pero en estos momentos, el Señor nos dará la ayuda que necesitamos para superarlas. Nos enseña que la Palabra de Dios es el único fundamento sobre el cual puede descansar nuestra fe. Nos enseña que los milagros son reales e importantes, pero por muchos milagros que hayamos visto, la fe puede tener desafíos muy fuertes cuando menos los esperamos.
 
Es bonito ver cómo el Señor Jesús trata a su amado profeta. No lo reprende. Lo trata como a un gran hombre de Dios. No va a visitarlo. No lo saca milagrosamente de la cárcel. Le manda el mensaje: “Bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí” (Lu. 7:23). Cuando Dios no hace lo que creemos que debe hacer, bienaventurados somos si no tropezamos, si no nos desmayamos con grandes dudas, si no nos enfadamos con Dios, o sufrimos una desilusión con Él, sino que seguimos confiando en Él, aunque no entendamos nada. Esto es tener fe, y Juan tuvo la madurez de recibir esta palabra de Jesús y seguir confiando en Dios, aunque Jesús no viniese para hacerle un último milagro y sacarlo de la muerte. Ya había tenido suficientes. Su último milagro no fue la liberación de la muerte, sino la entrada en el Cielo, ¡como todo creyente!    

   

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