EL PROGRAMA DE DIOS[1] (1)

    

“Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro escrito por dentro y por fuera, y sellado con siete sellos. Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos? Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra, podía abrir el libro, ni aun mirarlo. Y lloraba mucho, porque no se había hallado a ninguno digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo” (Apocalipsis 5:1-4).
 
Lectura: Apoc. 5:5-10.
 
            El apóstol Juan nos relata una visión que Dios le concedió de lo que pasó en el cielo en un tiempo indefinido acerca del papel que tuvo para su Hijo, el Señor Jesús, íntimo amigo del apóstol. En esta visión vio a Dios sentado en el trono con una mano extendida ofreciendo un rollo. En el rollo estaba escrita la voluntad de Dios para la humanidad y para el universo entero, pero no se podía leer porque el rollo estaba sellado. Lo que se buscaba no era una persona que pudiese leer el rollo y enterarse de lo que Dios tenía planeado para la historia del mundo, sino alguien que pudiera ser el instrumento de Dios para hacer que su voluntad se realizara. Su voluntad era el establecimiento del reino de Dios. Para poblar este reino se necesitaba hombres íntegros, salvos y regenerados, hombres que vivieran dentro de la voluntad de Dios en santidad, pero la humanidad estaba perdida y corrupta. No era apta para formar parte del reino de Dios.
 
            No se hallaba a nadie para salvar la humanidad. Parecía que el reino de Dios no podía venir. El plan de Dios para el hombre se había frustrado, y Juan lloró a sollozos porque amaba la voluntad de Dios con todo su corazón. Si no se llevase a cabo, no habría esperanza para nadie. La humanidad estaría perdida, toda ella. Juan amaba a Dios y quería ver su plan prosperado y Dios honrado por su mente brillante, su corazón amante y la magnitud de su gracia. Su lloro fue más que justificado si pensó que Dios iba a echar todo en el infierno y empezar de nuevo.
 
En medio de sus lágrimas uno de los ancianos le dijo: “No llores. He aquí que el León de la tribu de Judá, la raíz de David, ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos”. Ahora aparece el Señor Jesús. En la visión anterior del cielo que tiene Juan (Apocalipsis 4) no aparece. Ya se puede llorar. Ve el trono de Dios y los seres vivientes, pero no está el Salvador, pero cuando aparece, todo está solucionado. La voluntad de Dios se puede llevar a término, porque Él es la Persona adecuada para efectuarla, porque tiene las credenciales: es el León, el Rey, el hijo de David de la tribu de Judá, el hombre perfecto, sin pecado, apto para salvar; y es el Cordero de Dios, divino, que ha efectuado la salvación del hombre y ha vencido la muerte. Es Dios y hombre, Rey y Salvador. Ha muerto y resucitado; es el vencedor que ha ascendido al cielo y desde allí garantiza el total cumplimiento de la voluntad de Dios. Su perfecta ejecución de la voluntad de Dios en la tierra y su ascensión al cielo, donde el enemigo ya no lo puede tocar, garantiza que lo que queda de la voluntad de Dios se cumplirá también. Él es el Vencedor que ha sido, es y lo será eternamente.

[1] Basado en el sermón de David Burt predicado el 18 de enero de 2026 en la iglesia evangélica de Ciudad Meridiana.

   

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