“Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Cor. 12:14-16).
Lectura: 2 Cor. 12:11-15.
Cuando amamos a una persona, nos volvemos vulnerables, nos quitamos la armadura que llevamos delante de nuestro corazón y lo dejemos abierto a que sea herido. Debido a nuestra condición humana, las heridas son casi inevitables. Al ser herido, ¿qué vamos a hacer? Tenemos dos opciones: podemos cerrar el corazón para que no reciba más daño, o dejarlo abierto y, por lo tanto, vulnerable. Si cierro el corazón corro el peligro de amargarme o guardar rencor, y estas cosas también me dañan. Me convierten en una persona desagradable hasta el punto de que ¡ni a mí me gusta mi compañía! Pero si continúo amando, el amor me sana, pues el amor tiene una propiedad sanadora, y también me permite la posibilidad de la restauración de la relación dañada. Cerrar el corazón al amor es cerrar el corazón a la sanidad. El Señor en su amor por nosotros, y para nuestro bien, abre nuestro corazón rompiéndolo en mil pedazos.
El Señor Jesús nunca cerró su corazón al amor. Su corazón sensible recibió critica, censura, burla, descalificación, rechazo y condena de la gente, a la que él nunca dejó de amar. El salmo profético revela los sufrimientos anímicos de Jesús en la cruz: “El escarnio ha quebrantado mi corazón, y estoy acongojado. Esperé quien se compadeciese de mí, y no lo hubo” (Salmo 69:20). Si el Señor hubiese pensado: “Me da igual lo que diga esta gentuza”, no habría esperado que se compadeciesen de Él. Pero no fue así, sino que seguía amando a la gente, aun a los que le deseaban la muerte. Y, más fuerte aún, seguía manteniendo su relación de amor con su Padre, aunque fue el mismo Padre el que volcó su ira sobre Él: “fue herido de Dios” (Is. 53:4). En su dolor, no rompió la confianza con el Padre. Murió diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas 23:46).
El apóstol Pablo nos da una lección muy importante en cuanto al amor: “He aquí, por tercera vez estoy preparado para ir a vosotros; y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos. Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos” (2 Cor. 12:14-16). Pablo se humilló delante de la gente de esta congregación. Los trató con paciencia y bondad, esperando que entrasen en razón. Su motivación al atenderlos fue un amor desinteresado que procedía del mismo Espíritu de Dios. Es todo un aprendizaje, y en esto estamos.
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