LA ORTODOXIA SOFOCANTE (2)

    

“Has abierto mis oídos” (Salmo 40:6).
 
Lectura: Salmo 40:6-8.
 
            Por medio de su meditación de la Palabra, Jesús iba comprendiendo con cada vez más claridad la voluntad de Dios para su vida (Is. 50:4-7), y no solo eso, sino lo que tenía que predicar, lo que tenía que decir a cada persona y lo que tenía que hacer cada día. En este salmo profético el Señor Jesús lo dice claramente: “Has abierto mis oídos”. Lo enfatizaba mucho al predicar: “La palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió” (Juan 14:24). “Todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). El Señor iba escuchando la voz del Padre y transmitiendo a sus oyentes la palabra que recibía. Esta es la norma para cada persona que enseña las cosas de Dios, predica o aconseja. Si no recibimos de Dios, no tenemos nada que decir.
 
            La Palabra que predicamos tiene que ser ungida y fresca. Hablar una palabra procedente de Dios trae vida, libertad, esperanza, convicción de pecado, consuelo, sanidad, orientación, iluminación y da una sensación de plenitud. Produce un ambiente de gozo, ánimo y vitalidad. Esto es lo que la Biblia llama una palabra profética: “El que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación” (1 Cor. 14:3). La palabra tiene que ser ungida cada vez que leemos o predicamos la Biblia.
 
Al contrario, si no tienes una palabra profética que has recibido de parte de Dios, es letra muerta, no trae vida. Produce un ambiente sofocante que aburre, paraliza la mente, sofoca la creatividad y desmotiva. La palabra legalista de un controlador religioso es anticuada, limitada y encorsetada. Esta clase de predicación engendra fariseos con prejuicios, atados a tradiciones religiosas, encerrados en las cuatro paredes de la iglesia, aislados del mundo de fuera al que debería estar evangelizando. Jesús dijo: “Separados de mí, nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Esto es literalmente verdad. Sin el Espíritu Santo soplando vida a la Palabra de Dios, y el siervo de Dios recibiéndola de Dios mismo para transmitirla en el poder del Espíritu Santo, el resultado es contraproducente. No solamente no hacemos nada, es que matamos toda iniciativa. Producimos una versión del cristianismo de hace mucho tiempo, recalentado. Es estéril.  
 
Pero de la Palabra procedente de la boca de Dios y recibida fresca por el maestro o predicador, sale gente motivada y proyectos inspirados, y la iglesia se va reproduciendo: “Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié” (Is. 55:10, 11).
 
Padre amado, tú has dicho que viviremos “de todo lo que sale de la boca de Jehová” (Deut. 8:3). Solo “Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68). Abre mi oído hoy para escuchar tu voz, y abre el oído de los maestros y predicadores nuestros. Danos el pan del cielo a tu pueblo hoy, fresco, caliente y revitalizante.

   

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