“Dios mismo vendrá, y os salvará. Entonces los ojos de los ciegos serán abiertos, y los oídos de los sordos se abrirán. Entonces el cojo saltará como un ciervo, y cantará la lengua del mudo; porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad” (Isaías 35:4-6).
Lectura: Mat. 11:4, 5.
Los milagros maravillosos que Jesús realizó estaban profetizados por el profeta Isaías, quien también profetizó la perfecta sanidad que habrá para todos los redimidos cuando el Señor Jesús vuelva para establecer su reino. Mientras tanto, las profecías tienen un cumplimiento espiritual en los que somos salvos ahora. Pues tenemos ojos espirituales para ver las cosas de Dios y oídos espirituales para oír su voz ahora. El Señor abre nuestra boca para llenarla con sus palabras de vida y unge nuestros pies para que caminemos en sus caminos de santidad. Nos da vida en abundancia y nos hace realmente vivos a las cosas espirituales. El siguiente himno versa sobre esta realidad:
Abre mis ojos a la luz; tu rostro quiero ver, Jesús;
Pon en mi corazón tu bondad y dame paz y santidad.
Humildemente acudo a ti, porque tu tierna voz oí;
Mi guía sé, Espíritu Consolador.
Abre mi oído a tu verdad; yo quiero oír con claridad
Bellas palabras de dulce amor, ¡oh mi bendito Salvador!
Consagro a ti mi frágil ser; tu voluntad yo quiero hacer.
Llena mi ser, Espíritu Consolador.
Abre mis labios para hablar, y a todo el mundo proclamar
Que Tu viniste a rescatar al más perdido pecador.
La mies es mucha, ¡oh, Señor! Obreros faltan de valor;
Heme aquí, Espíritu Consolador.
Abre mi mente para ver más de tu amor y gran poder;
Dame tu gracia para triunfar, y hazme en la lucha vencedor.
Sé Tú mi escondedero fiel, y aumenta mi valor y fe;
Mi mano ten, Espíritu Consolador
Padre amado, esta es nuestra oración en este día, queremos estar vivos a las realidades espirituales, queremos vivir hoy en tu onda, viendo obrar tu mano, escuchando tu voz con los oídos de nuestro corazón, hablando con la unción de tu Espíritu, caminando en tus caminos en comunión contigo. Avívame a mí, Señor, con tu misma vida y entonces estaré viva de verdad. En el nombre de Jesús, amén.
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