EL ENREDO DEL PECADO (2)

    

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:9, 10).
 
Lectura: Romanos 3:10-12 y 19-24.
 
            Pablo está explicando la solución que Dios ha forjado para este tremendo bulto enredado de pecado que ha afectado a toda la humanidad. Interrumpimos en medio de su discurso: “No hay diferencia (entre unos y otros), por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre” (Rom. 3:22-25). La misma solución es válida para todos, porque todos formamos parte del mismo bulto. Es una enorme bola negra de pecados enredados de la cual no podemos extraernos a nosotros mismos. Todos culpamos a otros, y tenemos razón, porque el pecado del otro me ha atrapado a mí en este ovillo negro, pero yo también he metido a otros, y no hay quien se salve. ¿Recordamos la lectura de Adán y Eva? Adán culpó a Eva y Eva culpó a la serpiente. Todos estuvieron implicados. Esto nos lleva a dos consideraciones:
 
Cómo ha afectado a Cristo:
            El resultado del pecado es la separación de Dios, que es una separación del amor, de la vida, de la paz, del gozo, del bien, de la armonía, de la belleza, de la seguridad, de la verdad, de la limpieza, de la luz, de la comunicación, y del entendimiento y la inteligencia. Jesús lo sabía. No quería, como es lógico, entrar en este sofocante agujero negro, sin fondo y sin aire. Esto es el infierno. No quería estar separado de su Padre que era su mismo Ser. Esto es lo que Jesús estaba sopesando en Getsemaní, y terminó diciendo: “Hágase tu voluntad”. Es nuestra fe en la eficacia de su sangre derramada en la cruz en pago por nuestro pecado la que nos extrae del ovillo negro, del bulto gigantesco del pecado de la humanidad, y nos incorpora en la nueva humanidad en Cristo, quien es el segundo Adán, la cabeza de una nueva raza de personas, liberadas del enredo colectivo del resto de la humanidad caída.
 
Cómo nos afecta a nosotros:
            Cuando nos damos cuenta de nuestra situación de estar atrapados en el pecado, sin posibilidad de escape, de nuestra propia culpabilidad, de que no somos mejores que nadie, que estamos atados de manos y pies y que la bola va rodando velozmente hacia un precipicio para precipitarse al infierno, clamamos a Dios: “¡Sálvame!”, o no. Si no, no hay otra solución. El clamor que nos salva es vernos a la luz de la verdad. Es ver el daño que hemos hecho a otros. Es asumir nuestra responsabilidad al infligir sufrimiento insoportable a personas a las que amamos, por no hablar de aquellas a las que no amamos. Y supremamente es ver que no amamos a Dios, aunque decimos que sí. Es sentir la miseria de lo que somos, de nuestro egoísmo, nuestra cobardía, nuestra mezquindad, avaricia, pereza, irresponsabilidad, comodidad, gula, soberbia e inhumanidad. Somos bestias. Y caemos al pie de la cruz y decimos a Jesús: “No mueras por mí. No valgo la pena. ¿Por qué lo haces?”, y escuchar su respuesta. ¿Qué oyes tú? Esta respuesta es tu salvación.  Oremos…   

   

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